"Cuando escribió la palabra “fin” se dio cuenta
de que su personaje aún respiraba…"
(Alvaro Barragán)
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Lo vio de nuevo allí, como la madrugada anterior. Sentado en el sillón; dueño absoluto del espacio. Cuando lo enfrentó, su presencia era tan inevitable que lo aceptó con resignación.
Lo miró, ya sin desprecio. Lo había encontrado en la penumbra de la sala, inmutable, como en los últimos días. “Vine por lo que sabés” le dijo, y él le dio la espalda mientras se metía en la cocina para calentar el café “Es todo lo que hay” respondió cuando se alejaba.
Lo escuchó moverse, luego caminar. Hacía un tiempo que aceptaba las reglas que el otro imponía. Trató de ignorarlo como hacía habitualmente, pero su presencia se tornó más incómoda. Sintió su respiración pastosa, pesada; un leve ronquido que surgía de su impaciencia. Trató de olvidarlo metiéndose de lleno en la nota que debía entregar, pero el teclear incesante de la máquina todavía repicaba en su cabeza.
Al atardecer cuando se levantó para atender el teléfono vio sólo una sombra que cruzó fugaz frente a sus ojos. “Es este departamento lleno de vitrales” le había dicho Magda alguna vez cuando comenzó todo “O puros delirios querido, con un escritor nunca se sabe” Ella lograba desestabilizarlo a veces, pero le gustaba su compañía. Por la noche vino a despedirse, porque en la mañana siguiente viajaba al sur. Hubiese estado bueno pasar la noche juntos, pero sólo cenaron a la luz de unas velas como les gustaba. Entre todas las virtudes de Magda también estaban las de sus manos en la cocina, que él disfrutaba con verdadero deleite, aunque no esa noche. Cuando se despidieron en la puerta del taxi, ella le dio un beso tierno y le dijo que no se olvidara de leer lo que dejó en la mesa de luz.
Había estado hablando del tema, despreocupada como siempre, distraída tal vez, no muy oportuna para abordar una charla. El deseaba no hablar de eso, y pasar un momento tranquilo. Pero durante la cena, ella le contó lo que había hablado con su jefe, (un verdadero apasionado en esos temas). De una tal Alexandra Neel, no lo recordaba bien, y de unos viajes al Tibet., y esas cosas que Magda explicaba con tanto énfasis elevando sus brazos flexibles y largos, llevándose el bocado al costado de la mejilla izquierda y provocando ese gesto gracioso en sus labios. “Es tu tulpa”, le dijo con despreocupación, tomándose en broma algo que para él era tan incómodo. Mientras la escuchaba, pensó en el cálido olor de esa piel que deseaba con frecuencia, pero no en ese momento en que erraba entre el desánimo y la locura. Necesitaba estar solo.
Mientras subía a su departamento pensó con firmeza en tirar la máquina lejos, y acabar con ese problema.
Después no pudo conciliar el sueño. Vagó por la pesadez extraña de la somnolencia y el desagrado de no conseguir la placidez que lo volcara al descanso. En la mañana mientras sorbía el café, le pareció verlo.
Más tarde, sentado ante el teclado de la computadora trató de perderse en la tarea del día. El capricho de querer escribir la novela con la vieja máquina era un asunto que no podría olvidar fácilmente. Ahí estaba con el papel del último párrafo, latiendo todavía con el dudoso fin que lo inquietaba. Y así seguiría por mucho tiempo más, porque ese día decidió marcharse, y no volver.
“Vine por el fin” volvió a escuchar, “Nadie decide por mí, vibré ante tus órdenes, pero no me merezco esto”
La máquina comenzó a teclear sola como en noches anteriores, él quiso aquietarla, pero el otro estaba ahí, sólido e inmutable como el primer día “No me gusta el final, no me gustó morir -volvió a decir- Me creaste asesino, y vengo a cumplir con el papel”. En el último párrafo, el cruel personaje ya no moría, estaba vivo, y venía por la víctima.
Beatriz Fernández Vila
Tulpa: creación que materializan algunos monjes tibetanos. Pueden ser personas o animales de consistencia tan evidente, que parecen reales.
Alexandra David-Neel: investigadora, que pudo presenciar la creación de estos entes.