jueves, 25 de diciembre de 2025

CORTA TRAVESÍA PARA UN DESENCANTO DE AMOR


El taconeo rotundo lo obnubiló, después cayó rendido ante esa piernita, que ella cruzó hábilmente sobre su otra pierna, para hacerle seguir el sugerente balanceo que marcaba ante sus ojos.

El escote contundente lo sumergía en un vendaval de delicias insospechadas. Y como él es un hombrecito ávido de caricias y miradas prometedoras, sin dudarlo se zambulló en el mar implacable de esos lentes de contacto. Venía bien equipada la mina, y prometía deleites duraderos. Por eso, esa misma noche recalaron en un hotelito, pero no de esos de amparo transitorio, donde al instante de concluido el amor te expulsan como a un perro. Nada que ver, él llevó a su amor al hotel y pensión “Las Hermanas” alquiló un cuarto decidido a vivir su idilio, y entre forcejeos varios, y caricias amañadas, concluyó exhausto sobre ese cuerpito que lo duplicaba en volumen.

Pero su naturaleza ardiente, le pedía un poquito más.

A la mañana del octavo día, como todos los anteriores, despertó con el matecito en la cama, la ropa lista, y la cara, impecablemente bien maquillada de su amorcito. Había conseguido todo lo necesario para ser feliz, y hasta se patinó el aguinaldo en licuadora, radiograbador, colchón nuevo y televisor. Qué más se podía pedir, todo era poco para ofrecerle a ese primor.

Pero esa tarde, al volver del trabajo, cuando abrió la pieza donde no quedaba ni una brizna de su alocado amor, él pensó que quizá la mujer de su vida hubiese ido en busca de un lugar más apropiado donde armar el nidito, aunque la mirada compasiva del administrador trataba de convencerlo de lo contrario. Arrasó con todo la muy ladina, menos con esa maquinita de afeitar, a la que no dio descanso en todos los días que vivieron juntos.

Beatriz Fernández Vila

RESISTIENDO


A lomo de los sueños
 en el silencio que impera
 en el amor que nombra
 
 en las vísceras
 en las uñas
 
 en todos los sentidos
 
 en el anochecer
 y las auroras
 
 latiendo 
               amando
                             insistiendo


                    Beatriz Fernández Vila

EN UN PLIEGUE DEL TIEMPO


Queda todavía en algún pliegue del tiempo, los suspiros húmedos y el aliento entrecortado. Pradera diáfana atrapada en otro amanecer. Aroma de pucheros invernales que convocaban a la ternura del plato compartido, para apurar ese otro placer de la saliva urgente, y las palabras que no se pronuncian pero que se hacen carne en el amor.

Un suspiro ahogado sepultando el grito que nos salvara. Para que yo pudiera decir quedate, para que me dijeras no me marcho.
Y sin embargo este tiempo que nos toca vivir es sólo este tiempo, no el recuerdo del hubiese dicho, el hubiese gritado que nos da la lejanía.
Este tiempo es nuestro tiempo, de dudas, de rencores. Del adiós sin vueltas del vacío sin esperanzas.

Beatriz Fernández Vila

TULPA


"Cuando escribió la palabra “fin” se dio cuenta 
de que su personaje aún respiraba…"
(Alvaro Barragán)

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Lo vio de nuevo allí, como la madrugada anterior. Sentado en el sillón; dueño absoluto del espacio. Cuando lo enfrentó, su presencia era tan inevitable que lo aceptó con resignación.

Lo miró, ya sin desprecio. Lo había encontrado en la penumbra de la sala, inmutable, como en los últimos días. “Vine por lo que sabés” le dijo, y él le dio la espalda mientras se metía en la cocina para calentar el café “Es todo lo que hay” respondió cuando se alejaba.

Lo escuchó moverse, luego caminar. Hacía un tiempo que aceptaba las reglas que el otro imponía. Trató de ignorarlo como hacía habitualmente, pero su presencia se tornó más incómoda. Sintió su respiración pastosa, pesada; un leve ronquido que surgía de su impaciencia. Trató de olvidarlo metiéndose de lleno en la nota que debía entregar, pero el teclear incesante de la máquina todavía repicaba en su cabeza.

Al atardecer cuando se levantó para atender el teléfono vio sólo una sombra que cruzó fugaz frente a sus ojos. “Es este departamento lleno de vitrales” le había dicho Magda alguna vez cuando comenzó todo “O puros delirios querido, con un escritor nunca se sabe” Ella lograba desestabilizarlo a veces, pero le gustaba su compañía. Por la noche vino a despedirse, porque en la mañana siguiente viajaba al sur. Hubiese estado bueno pasar la noche juntos, pero sólo cenaron a la luz de unas velas como les gustaba. Entre todas las virtudes de Magda también estaban las de sus manos en la cocina, que él disfrutaba con verdadero deleite, aunque no esa noche. Cuando se despidieron en la puerta del taxi, ella le dio un beso tierno y le dijo que no se olvidara de leer lo que dejó en la mesa de luz.  

Había estado hablando del tema, despreocupada como siempre, distraída tal vez, no muy oportuna para abordar una charla. El deseaba no hablar de eso, y pasar un momento tranquilo. Pero durante la cena, ella le contó lo que había hablado con su jefe, (un verdadero apasionado en esos temas). De una tal Alexandra Neel, no lo recordaba bien, y de unos viajes al Tibet., y esas cosas que Magda explicaba con tanto énfasis elevando sus brazos flexibles y largos, llevándose el bocado al costado de la mejilla izquierda y provocando ese gesto gracioso en sus labios. “Es tu tulpa”, le dijo con despreocupación, tomándose en broma algo que para él era tan incómodo. Mientras la escuchaba, pensó en el cálido olor de esa piel que deseaba con frecuencia, pero no en ese momento en que erraba entre el desánimo y la locura. Necesitaba estar solo.

Mientras subía a su departamento pensó con firmeza en tirar la máquina lejos, y acabar con ese problema.

Después no pudo conciliar el sueño. Vagó por la pesadez extraña de la somnolencia y el desagrado de no conseguir la placidez que lo volcara al descanso. En la mañana mientras sorbía el café, le pareció verlo.

Más tarde, sentado ante el teclado de la computadora trató de perderse en la tarea del día. El capricho de querer escribir la novela con la vieja máquina era un asunto que no podría olvidar fácilmente. Ahí estaba con el papel del último párrafo, latiendo todavía con el dudoso fin que lo inquietaba. Y así seguiría por mucho tiempo más, porque ese día decidió marcharse, y no volver.

 “Vine por el fin” volvió a escuchar, “Nadie decide por mí, vibré ante tus órdenes, pero no me merezco esto”

La máquina comenzó a teclear sola como en noches anteriores, él quiso aquietarla, pero el otro estaba ahí, sólido e inmutable como el primer día “No me gusta el final, no me gustó morir -volvió a decir- Me creaste asesino, y vengo a cumplir con el papel”. En el último párrafo, el cruel personaje ya no moría, estaba vivo, y venía por la víctima.

Beatriz Fernández Vila


Tulpa: creación que materializan algunos monjes tibetanos. Pueden ser personas o animales de consistencia tan evidente, que parecen reales.

Alexandra David-Neel: investigadora, que pudo presenciar la creación de estos entes.


sábado, 14 de diciembre de 2024

EL ALQUIMISTA LOCO


Él juntó los verbos
los sustantivos, los adjetivos
y los adverbios
metió todo en su probeta
de alquimista loco
y creyó fundar los versos.

Y se rieron de su tonta estirpe
ya totalmente superada.

El elixir que había conseguido
hubo sido inventado
mucho tiempo antes.
Fue así que tomó de nuevo
sus destructoras herramientas siglo XXXI
y acabó no sólo
con su laboratorio
de alquimista loco
sino también con la historia…

Beatriz Fernández Vila

domingo, 8 de diciembre de 2024

CORDURA


Abordar de a poco
                la cordura
es un compromiso
                entre mi cobardía y yo.

Sé que la lógica está allí:
expectante y joven,
como una perla 
recién extraída de su ostra.

Está a mi alcance,
sólo hace falta
estirar un poco los dedos.

Desarticular los engranajes
oxidados de locuras.

Y la lógica se mostrará
ante mí
                como un sepulturero.
ávido por enterrar
todos mis duendes muertos.

Beatriz Fernández Vila

DESDE LA COSTA


A pesar de todo, 
yo ejercitaba la amapola
de mi canto.
Pero tu destino de barca
surcó la oscura bruma
de herrumbre y silencios
intentando todos los olvidos.

Más tarde
cuando la cesta de pan y peces
estalló en luciérnagas
tu orilla volvió a rozar la mía
pero sólo me crucé con tu fantasma.

Beatriz Fernández Vila