El taconeo rotundo lo obnubiló, después cayó rendido ante esa piernita, que ella cruzó hábilmente sobre su otra pierna, para hacerle seguir el sugerente balanceo que marcaba ante sus ojos.
El escote contundente lo sumergía en un vendaval de delicias insospechadas. Y como él es un hombrecito ávido de caricias y miradas prometedoras, sin dudarlo se zambulló en el mar implacable de esos lentes de contacto. Venía bien equipada la mina, y prometía deleites duraderos. Por eso, esa misma noche recalaron en un hotelito, pero no de esos de amparo transitorio, donde al instante de concluido el amor te expulsan como a un perro. Nada que ver, él llevó a su amor al hotel y pensión “Las Hermanas” alquiló un cuarto decidido a vivir su idilio, y entre forcejeos varios, y caricias amañadas, concluyó exhausto sobre ese cuerpito que lo duplicaba en volumen.
Pero su naturaleza ardiente, le pedía un poquito más.
A la mañana del octavo día, como todos los anteriores, despertó con el matecito en la cama, la ropa lista, y la cara, impecablemente bien maquillada de su amorcito. Había conseguido todo lo necesario para ser feliz, y hasta se patinó el aguinaldo en licuadora, radiograbador, colchón nuevo y televisor. Qué más se podía pedir, todo era poco para ofrecerle a ese primor.
Pero esa tarde, al volver del trabajo, cuando abrió la pieza donde no quedaba ni una brizna de su alocado amor, él pensó que quizá la mujer de su vida hubiese ido en busca de un lugar más apropiado donde armar el nidito, aunque la mirada compasiva del administrador trataba de convencerlo de lo contrario. Arrasó con todo la muy ladina, menos con esa maquinita de afeitar, a la que no dio descanso en todos los días que vivieron juntos.
Beatriz Fernández Vila
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