Esta edición está enmarcada en el Programa ROI, con participación totalmente gratuita, de Editorial Dunken. En ella se incluye el cuento "MIENTRAS LEÍAS TUS CARTAS DE AMOR" de Beatriz Fernández Vila, disponible para su lectura en este Blog.
miércoles, 23 de enero de 2019
PRESENTACIÓN "CUENTOS OBSTINADOS" - EDITORIAL DUNKEN
Esta edición está enmarcada en el Programa ROI, con participación totalmente gratuita, de Editorial Dunken. En ella se incluye el cuento "MIENTRAS LEÍAS TUS CARTAS DE AMOR" de Beatriz Fernández Vila, disponible para su lectura en este Blog.
MIENTRAS LEÍAS TUS CARTAS DE AMOR
El primer contacto, fue una carta
que alguien puso en el correo, para que ella la recibiera. Y que pasó a buscar
a los apurones, en la bicicleta, llena de ansiedad. Tapada de pies a cabeza,
para que el duro sol no le quebrara la piel blanquísima. El vio sus ojos
dorados temblar mientras la leía. Una carta leída con esa premura, con esa
mirada cristalina, sólo podía ser de un enamorado. Qué lugar quedaba para él en
ese corazón.
Desde ese momento, esperó el
último tren del jueves; cuando recibía la correspondencia. Y revolvía con
desesperación el saco, con la esperanza de encontrar el único motivo que los
unía. Después, transcurría impaciente, hasta que la veía llegar.
Ella aparecía por la calle de los
tilos. El aroma que desprendía la siesta era el preludio de su aroma. Y a él se
le trepaba a los sentidos, para que todos los matices de la felicidad, se
derramaran en esas horas de la espera. El corazón se aceleraba, y se le
escapaba por la boca. Enmudecía al verla, porque las palabras más sensatas se
perdían en un laberinto de dudas, y las más tontas surgían, de su mar de
inseguridad. Sólo atinaba a observar con avidez los gestos amados; el suave
deslizamiento de los ojos hacia el casillero de las cartas, y ese instante
sublime, en que los volvía hacia los suyos, a modo de agradecimiento. Y nada
más. Después, la inquietud al intentar el leve contacto de la mano al
entregársela, y esperar que ella no lo percibiera.
Y hasta el próximo viernes; en
que la siesta se ponía a latir con furia otra vez. Porque el silencio se
apagaba, para dar paso a ese repiqueteo en tropel de su corazón; que lo
ahogaba, que le nublaba la mirada.
Hasta que aquel punto en el
camino se agigantaba, para convertirse en esa ráfaga de viento ardiente que le
traía el amor.
Los ojos de ella otra vez, sus
bellísimos ojos deslizándose sobre esas letras amadas. Y la certeza del
desencuentro, ahogándolo en un abismo de desesperanzas.
Beatriz Fernández Vila
martes, 10 de julio de 2018
PRESENTACIÓN "LIRE" - EDITORIAL DUNKEN
El Domingo 20 de Mayo de 2018 en Editorial Dunken (Ciudad de Buenos Aires, República Argentina), fue presentada la Antología "LIRE", compilada por Romina Benítez.
Esta edición está enmarcada en el Programa ROI, con participación totalmente gratuita, de Editorial Dunken. En ella se
incluye el cuento "HUÍDA APACIBLE" de Beatriz Fernández Vila, disponible para su lectura en este Blog.
HUÍDA APACIBLE
A las seis cuarenta y cinco llamó
a la puerta. Abrió la secretaria, y él se sentó en la sala en penumbras. El
bullicio de la ciudad sonaba amortiguado por el entorno confortable al que
arribó después de escapar de la oficina. Se relajó en el sillón, y buscó algo
para leer. En el consultorio no había revistas, sólo una pila de ejemplares
especializados en congresos médicos, que abandonó después del primer vistazo
para mirar hacia el ventanal que daba al jardín.
Las sensaciones que arrastraba no
le impidieron distenderse. Le sorprendió gratamente la tranquilidad de ese
momento. Se sentía bien al verse solo, y experimentar la comodidad que no era
habitual cuando compartía el lugar con otros pacientes. Cerró los ojos. Luego
los abriría a una paz profunda, donde se encontró con los ojos de esa muchacha,
recostada sobre un tronco caído; con una sonrisa serena entre los labios, como
disfrutando la placidez del instante. Un pequeño arroyo bajaba entre unas
piedras grises, y la gramilla mojada se metía entre los pliegues de su falda.
Era el atardecer, por lo visto de algún día caluroso, porque entre las ramas de
los árboles se filtraba una luz rosada y la joven tenía los pies sumergidos en
el agua. Su ropa era liviana, el encaje de la blusa parecía latir sobre una respiración
acompasada. Un pequeño pájaro comía entre las hojas caídas. Y un sopor apacible
enmarcaba el ambiente. Aturdido traspuso el espacio.
No pensaba en su salud. Una
rebelión tenaz lo aferraba a la vida y suspendió la mirada en el camino que lo
llevaba a la quietud de ese mundo. Sus pasos marcaron la gramilla fresca. Se
detuvo a observar a la muchacha. Ella bajó la mirada. Él sólo atinó a
contemplarla. “No puedo esperar toda la tarde”, le dijo seriamente perturbada.
Él intentó una disculpa que calló. La tarde era tan perfecta, ya intentaría que
se le fuera el enojo.
Después el doctor Blanes lo llamó
con insistencia, hasta que terminó aceptando que se había marchado. Nada fuera
de lo habitual, de no ser por esa sensación extraña que comparte con su secretaria
desde aquella tarde. Obsesionados, porque nunca antes habían percibido la
figura de aquél joven que se encuentra en el cuadro de la sala, junto a la
muchacha de sonrisa serena, en el paisaje bucólico, una tarde calurosa, donde
el sol se filtra entre el follaje.
Beatriz Fernández Vila
martes, 30 de enero de 2018
EMILIANITO
Las promesas no se hacen esperar, vuelan alborotadas y surgen a veces, de una mente siempre pronta a conseguir el doble de lo que prometen.
Ese era el caso en aquel mediodía estival ya lejano, en que
pringoso y decadente metido en su traje color crema, arremetió con ganas en la
comisaría del pueblo. Hacía un corto tiempo que estrenó una conciencia social,
de avanzada para la época, y de preocupación para las arcas de la familia.
Pero ahí andaba Emilianito, repartiendo a diestra y
siniestra socorros que nadie le pidió, y promesas incumplidas que no
sorprendían ni al menos avisado.
La mañana que despertó entre sus sábanas de seda con una
erupción en la piel, pasó del terror por esas manchas, a los pensamientos
solidarios con una gran carga de culpa. Hizo ensillar su caballo peruano, y él,
en persona, fue al pueblo a colocar un telegrama para la CALDERA, así llamaba
al lugar donde habían nacido sus padres, y donde él mismo pasó parte de su
infancia “llego mañana, Emiliano”, por eso, cuando en la estación del pueblo no
encontró a nadie esperándolo, no pudo creer tamaña falta de respeto, aunque su
nueva personalidad lo ubicó al instante, y buscó dentro de sus mejores
pensamientos el bálsamo para sortear esa afrenta “no recibieron mi telegrama”,
fue lo primero que pensó. Y se subió a un carro que esperaba en la estación,
siempre listo para transportar lo que fuera. Era cómico ver a Emilianito con la
cara todavía roja por la erupción, abanicándose con el sombrero y subido a ese
carro rasposo que contrastaba con su ropa de marca italiana.
Mil veces se había propuesto buscar en su guardarropas,
algún trapo que sentara mejor por esos pagos, pero era difícil, ni siquiera su
ayudante personal podía socorrerlo, porque él mismo vestía de rigurosa
etiqueta, con los trapos heredados de su patrón.
Irrumpió en la comisaría, acalorado y jadeante. El comisario
era amigo del padre, y aunque le habían llegado comentarios sobre el cambio de
Emiliano, se sorprendió al verlo con esa facha; nada menos él, que no se
agachaba para no quebrar los pliegues impecables de su traje.
Un preso de los más acostumbrados cebaba mate amargo. Don
Octavio, el comisario, le convidó uno que no tomó, porque todavía su cambio no
era tan profundo, nunca soportó esa bebida autóctona, que iba y venía delante
de sus narices en las reuniones familiares. Tan acostumbrado que estaba al
Martini, más elegante, y mejor mirado en los círculos que él frecuentaba.
A Don Octavio le extrañó la visita, la comisaría no era
ambiente apropiado para un Pujol. Siempre que en el pueblo se encontró a uno
mezclado en un lío; peleas de adolescentes o barullos de borrachos, Don
Octavio, se daba el tiempo suficiente para mandar a su ayudante, con paso más
lento, si alguien de la familia andaba metido en el asunto.
El viajero sudoroso, con su último resuello, apretó fuerte
la mano del comisario, más parecía un pedido de auxilio que un saludo franco.
¡Ay ay ay! ¿Quién te habrá metido en ese lío Emilianito? ¡Qué maravilla la comodidad
de tu casa! Si no fuera porque te asaltaban a veces esos aires de beneficencia,
te hubieses quedado entre las mieles del confort, y no allí, sudoroso y
decadente frente a Don Octavio, que no salía de su asombro porque no alcanzaba
a comprender lo que tramabas.
Vaya uno a saber cuál sería el motivo viniendo de esta
familia. Quien más, quien menos, se desparramaba orondo en algún despacho,
criando grasa y aumentando la circunferencia de su trasero. Así pues, que el
benjamín de la familia, no pudo escapar al mandato impreciso de dirigir los
destinos de la gente.
Algo había olfateado el comisario, porque los ademanes de
Emiliano se parecían sutilmente a los de Martiniano Pujol, el tío diputado, que
la familia acomodó en el cargo para mantenerlo lejos después del lío en que se
metió con el tesoro de la intendencia. Gestos y actitudes copiados de aquel
hombre, que ni bien volvió al pueblo investido de su nuevo cargo, parecía
inalcanzable y muy alejado de aquel deshonroso asunto, como si sus manos jamás
se hubieran mancillado en alguna situación profana. Inalcanzable en su
pedestal, parecía rodeado de un aura inmaculada. De impecable presencia, y
distante, en su puesto de político consagrado.
Por eso, cuando el comisario vio irrumpir al visitante en
esa forma, y sobreponiéndose a la vergonzosa facha, algo de sus ademanes le
trajo recuerdos de momentos ya vividos. Y no precisamente ese ramalazo que a
veces nos sorprende, y nos coloca ante situaciones que creemos ya
experimentadas. Nada que ver, aquello era otra cosa, menos etérea, más
tangible.
Emiliano traía ínfulas de político, sospechosamente parecido
al tío Martiniano, como si a falta de modelos a quien imitar, el sobrino
hubiese calcado cada movimiento del tío en cuestión.
La revelación no se hizo esperar, el Joven se acomodó como
pudo la ropa, sacudió el polvo del camino y pidió ver a los presos. El
comisario se preguntó “¿para qué?”, pero jamás dudaba ante el pedido de un
Pujol. Así que mandó a buscar a tres borrachos que mantenía en la comisaría
para los quehaceres domésticos, y los puso en fila frente al recién llegado.
Este comenzó una arenga cargada de culpas y arrepentimientos tardíos. Habló de
las desdichas de los desposeídos, y cómo le dolía la abundancia de los de su
estirpe.
En síntesis, que los tres que tenía delante aplaudían a todo
dar, pensando que tal vez, después de los aplausos vendrían las achuras, y con
éstas los vinos. No fue así, Emiliano nunca tuvo un peso para pagarse lo
propio, así que terminaron todos, comiendo el guiso del comisario y pasándose
unos a otros, las dos o tres cucharas que había. Si algo no se podía negar,
era, que el incipiente político se acomodaba a todo, guiso había, guiso comía.
Para él, no significaba un esfuerzo extra comer lo mismo que los desdichados.
Pasó allí toda la tarde. Después del almuerzo, el comisario
se hizo traer su postre preferido: batatas asadas y leche. Emilianito se excusó
una vez más, porque no entendía semejante combinación, para él, las batatas
sólo acompañaban las carnes al horno.
Después vino la partida de Truco, que jugaba más o menos
bien, y la lotería. Uno de los agentes fue amigo de la infancia de Emiliano, y
conocía su escasa capacidad para aceptar la derrota, así que en vista de tantos
beneficios prometidos, y si por casualidad, algo de aquello fuese cierto, se
puso a cantar los números del visitante, con el sólo propósito de que ganara.
Después de todo, en su incursión primera en las arenas políticas, prometió
mejor comida para los presos y colchones y sábanas dignas donde apoyar el cuerpo.
Por la noche, Emiliano montó en el mismo carro que lo trajo, y se fue, dejando
tras de sí un sabor dudoso a promesas que nadie pidió.
“¿Qué mierda vino a hacer este acá?” Se preguntó Don Octavio
en voz baja, y una rápida mirada a su alrededor, le confirmó la misma
incertidumbre en los demás.
En fin, que Emilianito volvió al amparo de su casa acogedora
y olvidó más rápido que urgente, las promesas dejadas atrás. Sólo en cuchicheos
pueblerinos se pasaba el chisme de boca en boca, adornando la anécdota graciosamente,
y sacando conclusiones tan descreídas como acertadas. Condimentada y exagerada,
se siguió contando la historia hasta el cansancio, y al cabo de un tiempo,
habían participado en ella más gente de la que en realidad estuvo aquel día.
En tren de ser sinceros, Emilianito, tuvo con anterioridad
alguna de estas manifestaciones extrañas, aunque nunca quedaba claro cuál era
el fin. Como aquella vez que se metió a bombero y llegó a lucir el traje de
gala del cuerpo, a pesar de que jamás estuvo en un incendio.
Parecía entonces que había encontrado algo para hacer, ya,
que decidido a tomarse un tiempo para pensar, se negó a seguir una carrera
después del secundario, e invirtió algunos años en esto.
Ahí andaba, como siempre, viendo con qué lo sorprendía la vida,
cuando una tarde, vio a la banda del cuerpo de bomberos cerrando en la plaza,
las festividades del patrono del pueblo.
Poco le costó ponerse en la piel de aquellos hombres, si
algo quiso en ese momento más que nada en este mundo, fue ese traje, y esa prestancia,
y algún instrumento musical, aunque no sabía tocar ninguno.
Se soñó con esmero apagando incendios o metido en rescates
valerosos, y de eso hablaba frente a sus amigos, aunque en todos los meses que
duró su oficio, lo tuvieron atendiendo los teléfonos, para no desairar al padre
que colaboraba diligentemente con la institución.
Una experiencia más, en el azaroso peregrinar de su espíritu
inquieto. Y como un clavo saca otro clavo, olvidó rápidamente su inquebrantable
vocación de bombero, para lanzarse a la aventura temeraria de un amor
prohibido: el amor irrefrenable que le surgió de pronto por Alejandrina, una
prima lejana, que la madre metió a monja, porque se habían terminado los
candidatos apropiados con los que casó al resto de sus hijas.
Emilianito no soportó eso. Había conocido a la prima, en la
misa de cuerpo presente del tío Basilio, un ignoto anciano por el que lloraban
a moco tendido las dos generaciones que le antecedían, y al que no había
conocido, pero por el que le hicieron guardar estricto luto. Asuntos que
manejaba con esmero la abuela Graciana, que agendaba empeñosamente fechas
litúrgicas, funerales, bautismos y casamientos. De estos últimos, guardaba
además las tarjetas de participación, para sacar conclusiones acerca de la boda
y el bautismo del primer hijo de la pareja. Si había una distancia mínima de
diez meses entre ambos acontecimientos, se podía inferir que la pareja había
hecho las cosas como Dios manda, asunto que la desvelaba.
Aquella mañana del funeral, de un otoño cálido, en el sopor
de la capilla, entre velas encendidas y flores sofocantes; se encontró de
pronto con los ojos llorosos de Alejandrina, en primera fila junto a los
uniformados de la familia, ocupando un lugar de privilegio gracias a sus
hábitos.
Así se manejaba aquello, lo digno adelante, lo impresentable
atrás. Por eso Emilianito, que todavía no había encontrado su sitio en este
mundo, fue a parar cerca de la pila bautismal, lejos del altar. De a poco se
fue deslizando por los pasillos hasta quedar justo frente al muerto.
Una rápida mirada a los primeros asientos lo puso al tanto
de los próximos difuntos. El olor de las flores, no lograba tapar el de
naftalina que emanaba de los uniformes. Un teniente, un coronel, luciendo sus
trajes de gala para rendir honores al tío Basilio que también fue un hombre de
armas, metidos todos en su mundo, con el gesto lejano de la vejez, distante del
protocolo del funeral.
En esas agrias cavilaciones se encontraba Emilianito, cuando
los ojos verdes y enormes de su prima se encontraron con los suyos por primera
vez. No pudo concentrarse más por el resto del oficio, y fue entrando en un
estado de embeleso tal, que las palabras del evangelio le zumbaban lejanas en
los oídos, y la imagen de Alejandrina parecía levitar en medio de un aura
celeste. Volvió a la realidad cuando la misa terminaba, y una monja que
acompañaba a la novicia, la metió en un coche, y se la llevó lejos, para dolor
de su pobre alma.
En la comida estuvo distante. Después del almuerzo, mientras
los mayores recordaban al tío Basilio y soltaban alguna que otra lágrima, los
jóvenes se encerraron en el jardín de invierno para contarse las últimas
novedades y disfrutar a sus anchas, sin guardar las apariencias por un muerto
que no conocían.
Emiliano no sólo no probó bocado, sino, que no paró un
minuto de averiguar con cuantos pudo, acerca de aquella belleza arrancada
injustamente de la vida mundana, y que pasó a ser el único motivo por el que se
jugaría la propia vida, si fuese necesario.
Y para concretar su plan, echaría manos de su tía Amelia,
que guardaba tanta información como la abuela Graciana.
La tía Amelia, era una persona a quien no se podía abordar
con facilidad, pero a Emilianito, le sobraba astucia para meterse en el
bolsillo a unas cuantas como ella. Y como la vio charlando con la monja que
acompañaba a Alejandrina, se acercó con cara de inocente, aparente desinterés,
y como quien no quiere la cosa, le sacó todo lo que quería saber.
En fin, que a la mañana siguiente montado en el peruanito,
inseparable compañero de todas sus andanzas, se presentó ante la madre
superiora del Divino Rostro, el internado donde su prima cursaba el noviciado.
En esa ocasión, contó con la inestimable ayuda de su
apellido una vez más y la ignorancia de la monja sobre su trayectoria. Y aunque
ésta no entendió bien qué lo llevaba por ahí, terminó seducida por aquel joven
de modales seguros y refinados, que le propuso vaya a saber qué ayuda para las
alicaídas arcas de la orden. En síntesis, que Emilianito iba en camino a
entrevistarse con el propio obispo. Actitudes así, eran propias de él. Mientras
acariciaba el sueño que tenía entre manos, cada paso dado para alcanzarlo, era
vivido con arrojo, ponía allí toda su fuerza, su esperanza, y su candor. Este
último aspecto de su personalidad, lo llevaba a imaginar empresas alocadas con
absoluta naturalidad. Por eso creyó que ese sería el modo de acercarse a su
amada. Nada más lejano. Mientras él se deshacía en artilugios, la madre de
Alejandrina encontró al hombre que soñaba para su hija, y la sacó del convento.
Justo cuando Emiliano intentaba convencer al padre de una donación, paso previo
al rapto, porque lo del dinero era una maniobra de distracción, ya tenía
montada una hazaña temeraria en la que se soñaba amado por la mujer de sus
sueños, con quien sólo había cruzado miradas en un funeral.
La plata nunca llegó, porque hubo que levantar los ánimos
del donante con un viaje a las sierras, alejarlo del amor imposible, ya que la
abuela se había jurado que mientras ella estuviera sobre la tierra, jamás nadie
de su familia cometería esa desvergüenza “nadie le arrebata a Dios lo que le
pertenece” había sentenciado.
Pero Emilianito se reponía fácilmente de sus heridas. Una
mente diligente, pronto estaría al servicio de otra arriesgada empresa.
Parecía que la providencia lo asaltaba a cada instante,
porque la siguiente hazaña no se hizo esperar. En la madrugada sofocante, de un
enero despiadado, despertó de una borrachera que no recordaba dónde la había
encontrado, y se vio de pronto junto al montecito de las ánimas. No supo si por
las copas, o por la fama del lugar, lo cierto es que creyó ver la figura
conocida de la vieja leyenda contada mil veces por los criados de su casa.
La aparición fantasmal le confirmaba la existencia de un
tesoro en ese sitio. Creencia arraigada en ese pueblo, donde las historias de
tesoros escondidos durante las distintas guerras, iban acompañadas siempre de
estas apariciones; almas en pena, que no podían despegar de las pertenencias
que las ataban a este mundo.
Por eso no dudó, la creencia se respetaba sin vacilar. Donde
hay apariciones, hay tesoros ocultos. Y ya que había vuelto a la vida después
del amor impropio, qué mejor, que meterse de lleno en la próxima aventura.
En la madrugada aquella, cuando la aparición le quitó la
borrachera, fue a golpear la puerta de Velásquez para pedirle el aparato de
encontrar tesoros, y salió como rata por tirante, porque si bien la casa
parecía ya en pie, por algunas luces prendidas y porque sabía, que Velásquez
comenzaba el trajín muy temprano, lo que ignoraba, era que su mujer padecía de
insomnio, y acababa de conciliar el escaso sueño que lograba cada noche.
Y Emilianito, que no sabía donde estaba parado, fue a
golpear la puerta, acicateado por aquella fuerza interior que lo llevaba a todas
partes sin medir las consecuencias.
Fue tal el escándalo que desató con los perros de la casa,
que la mujer de Velásquez se despertó furiosa y gritando en tono poco amigable.
En medio de los gritos destemplados, el dueño de casa
trataba de explicarle que jamás encontró algún tesoro. Que eran habladurías, y
que la reciente fortuna que disfrutaba, se debía sólo a un golpe de suerte del
más acá y que nada tenía que ver con favores de almas en pena del más allá.
Tal vez el hombre no fue muy convincente, porque una mañana
encontraron a Emiliano en el montecito, desmayado, bajo la ramazón seca de un
árbol. A su lado, el pozo que había logrado cavar, y algunos elementos,
supuestamente de medición, que no tenían ningún rigor científico.
La aventura le costó un viaje a Buenos Aires para arreglar
algunos huesos rotos, y de paso, quizás los vientos de la ciudad, le
aquietarían esa mente incansable.
Siempre anduvo medio a la deriva, repartiendo su vida entre
actos inconscientes y actitudes de arrojo, más para la leyenda, que para el
servicio desinteresado. Pero, ¿Por qué no recibirlo aquel día en la comisaría?,
si se hablaba de un cambio en su persona. Si bien la visita sorprendió, y despertó suspicacias, el asunto terminó felizmente meses
después, cuando lo prometido llegó, justo cuando Emilianito se lanzaba de lleno
al ruedo político. Con algo había que cumplir, si iba a dedicarse a esto.
Buen comienzo para el Emiliano de hoy, que se ve tan
asentado, con su calva consumada, la barriga prominente, y el culo acostumbrado
a la banca. Tan cómodo en su puesto de diputado, como quien supiera por qué
pelea. Besando niños para las cámaras de televisión y las portadas de los
diarios. Moldeado en las fraguas quijotescas de ayer, para los problemas de
hoy, aunque no se trate de robar primas consagradas al amor de Dios, o buscar
tesoros con instrumentos ineficaces.
Todavía hoy, en su vejez, se lo ve locuaz como siempre,
regodeándose en cada frase ampulosa que pronuncia como si él mismo la creyera,
defendiendo los intereses del pueblo, como le gusta decir.
Que naciste para brillar no se duda, ¡ay Emilianito!, tan
esforzado en tu juventud, cada hazaña rindió sus frutos. Escuchándote, quién
pondría en tela de juicio que conocés el sabor escaso de los guisos populares,
y la entrega sin límites de jugarse la vida con arrojo. Una vida azarosa
destilando adrenalina, igual que ahora, jugándote por la gente, tan en carne
viva en tiempo de elecciones, y tan distante de los problemas que te ocupan.
Beatriz Fernández Vila
lunes, 29 de enero de 2018
RÉMORAS (REPRESOR)
Tiene una piel traslúcida y unas venas azules se le
dibujan en la frente. Me abre la puerta, y es lo primero que veo mientras él
escruta mi mirada; la desafía; sabe que no se la puedo sostener, como si la
culpable fuese yo. No responde a mi saludo, y no me extraña. Gira sobre sí
mismo, enérgico, y me conduce hacia un lugar, donde una anciana que es su madre
se pierde en un torbellino de sábanas y almohadas, en medio de una enfermedad
que yo debo aliviar, aunque parece escurrirse por un túnel incierto de
diagnósticos y medicinas imprecisas.
¿Qué hace que una médica de guardia como yo, se
cruce en su camino? Él sabe que sé, que los diarios me muestran su foto. Pero
ella está ahí, tierna, endeble. Y yo estoy para buscar las rémoras de una tos,
palpar con mis manos los tramos ajados del cuerpo de esa mujer acabada.
- Es aquí -me dice, y la tétrica humedad de las
paredes se vuelve un fantasma amenazante, se precipita sobre mis viejos miedos.
Pero él se desplaza por este departamento en ruinas, ajeno a la sordidez que lo
rodea.
Esta es otra realidad, me repito. Una realidad
donde somos iguales. Nada hará que yo me comporte como él. Y nadie le provocará
jamás el daño que él provocó sin pudor.
Me extraña descubrirle el gesto de preocupación por la salud de su
madre, porque íntimamente decreto que ese ser es incapaz de cualquier
ternura. La trata con delicadeza,
mientras le anuncia mi visita. Ella lo observa desde una neblina espesa, con
ojos de olvido, o de ignorancia. De no saber quién es su hijo, y qué hacía con
esas manos fofas, que ahora cruza detrás de la espalda, después de ofrecerme un
café. Se lo agradezco y me niego. Intento un comportamiento profesional. Escarbo
en mi mente para encontrar las palabras precisas, y abocarme a mi interés de
ese momento. Pero la náusea se impone. Me pregunto qué hago ahí.
“Estamos
viviendo en una ciudad endemoniada” grita irascible, un afamado periodista,
refiriéndose al tránsito, pero involucrando en el comentario su
intolerancia. Desde algún lugar de la
casa el televisor repica la frase y él coincide en la apreciación.
- Así es, estamos en un país endemoniado ¿No le
parece? -pregunta mientras modula marcadamente las palabras, y busca mi
complicidad.
- No me atrevería a decir tanto -suelto casi sin
darme cuenta, y me escudo tras las indicaciones para la paciente.
- ¿Tiene un nebulizador?
- ¿No le parece de terror? Hasta el tránsito es de
terror.
No escuchó mi pregunta y arremetió otra vez con la
suya. Intimidante. Usa la palabra terror como si fuese ajena a su mundo.
- No me parece, hay cosas peores -arriesgo, con la
intención de decir algo más.
- Después de todo, ¿qué me importa? Tiene razón usted.
Hay cosas peores. A este país le hace falta disciplina, una mano dura. Ojos
vigilantes. Pero el día que aprendamos eso será tarde.
Detrás de esos ojos fríos, escondido en ese gesto
de desprecio, hay un consumado provocador que se está ejercitando conmigo. Me
pregunta si su madre sanará. Si no le haré perder el tiempo precioso que le
hicieron perder los otros médicos. Desde su soberbia, supone que debo sanar sin
demoras a un paciente que acabo de conocer. Y mientras mi cabeza se pierde por
un instante de allí, como un autómata repito indicaciones rutinarias, que
tendría que observar cualquier paciente en estos casos. Pero él me clava una
mirada entre amenazante y cómplice, buscando algún trato especial por tratarse
de su madre. Aún en la decadencia, su incapacidad para aceptar que algo escape
a sus designios está intacta.
- ¿Usted es de acá, verdad? Digo… ¿de este país?
Respondo que sí. Tal vez mi aspecto le denuncie
algún origen que no considera digno de habitar su mismo espacio. Pregunta si
mis padres también. Con el desparpajo de manejarse por encima de los demás,
insiste en su interrogatorio; el viejo oficio que no está dispuesto a resignar.
Rechinan los flejes del sillón de pana verde que
está junto a la cama, deja caer su pesada figura en él y la mirada impúdica
sigue deslizándose sobre mis movimientos. Percibo un temblor en mí, y me
incomoda. Tengo ante mis ojos la dimensión exacta de que él está en libertad.
Un fuerte olor a quemado llega hasta el cuarto y sale corriendo de golpe.
Vocifera, insulta y regresa luego con aires de derrota. Acaba de estropear su
almuerzo. No soporto ese instante doméstico y pueril. Me cuesta verlo en su
cotidianeidad, en la que no puedo olvidar otros momentos de su vida. Acomodo
las almohadas para que su madre se incorpore. Se escurre entre mis manos su
cuerpo distante.
- Me muero si le pasa algo -me dice- ¿Sabe qué?
Ella es lo mejor que tengo.
Su sentimiento me resulta obsceno. No lo creo digno de éste por lo menos, que me
expresa como si yo tuviera la obligación de comprenderlo.
- Es lo único valioso que tengo.
Me pregunto si hay alguien más en su vida. Y me
quedo muda, porque a cada frase que pasa por mi cabeza la desarma el asco.
Estoy resignada a compartir todo el tiempo que haga falta con él, mientras
esperamos la ambulancia para trasladar a la enferma. Pienso que esa persona que
tengo frente a mí vivió en constante desequilibrio, como ahora; en que por
momentos la preocupación por la enfermedad lo sobrepasa, e inmediatamente
cambia de tema saltando de una situación a otra. Hay dos monstruos en él; el
que fue, y el que sigue siendo, que se regodea en la banalidad de frases
comunes que dispara sin pudor, y que muestra una fragilidad que sepulta en
ademanes soberbios. No da cuentas de su final, pero lo veo como una bestia
enjaulada.
- ¿Así que para usted vivimos en un país ideal?
No respondo.
- Mire, le voy a decir algo. ¿Sabe por qué este
país está lejos de ser un país ideal? Porque acá todos creen que tienen derecho
a mandar. Y acá si hay algo que no se puede, es que todos tengan razón; algunos
tienen razón, y el resto tiene que obedecer. Si no, la cosa no marcha ¿No le
parece? El orden y el respeto es lo principal. Y las cosas en su lugar. Están
los que saben, como usted y están los que no saben. Y los otros, los que dicen
lo qué se debe hacer.
Tal vez imagina que debo agradecerle su deferencia
de buscar para mí un lugar destacado; me incluye entre los que saben. No dice
que puedo expresar mi opinión. Porque
nada me habilita a pertenecer a su casta. Yo también estoy para seguir sus
designios, para que este país sea su paraíso ideal. Se retrata solo, cada frase
que le surge desnuda un alma pobre, que evalúa como una injusticia la justicia
de que esta sociedad siga en pie.
Llega la ambulancia, mis horas en esta cárcel están
por terminar. Esta es su prisión aunque él no lo vea así. El país sigue siendo
ese bullicio de pujas y pensamientos que él quiere acallar, y en que la
justicia lenta, le asegura por ahora esta especie de libertad a plazos.
Sin darme cuenta, a pesar de las heridas, yo
también sobreviví al cataclismo de mi generación. Estoy de pie; en llagas o
cicatrices, no lo sé. Capacitada para ser esto que soy, esto que quedó de mí en
el dolor.
Me dispongo a preparar a la enferma. Las bromas de
César vuelven a mí. “Negrita, siempre la misma chambona vos. ¿Cuándo vas a
aprender que los hígados son los hígados, y el pulmón es el pulmón? A partir de
hoy, podrás consultar con un experto ¿A ver qué dicen ahora los compañeros de
la Villa? ¿A ver qué piensan del
matasanos con diploma?” Y la voz de Clara, que me había abrazado fuerte, esa
tarde en la puerta de la facultad, porque los dos consiguieron sus títulos.
Por la ventana del cuarto entran amortiguados los
sonidos de la calle, y el aletear cercano de unas palomas, que se arrullan como
en cualquier otro lugar de la ciudad, ausentes de que en esta casa habita la
muerte.
Beatriz Fernández Vila
Beatriz Fernández Vila
sábado, 27 de enero de 2018
DOCUMENTAL: NACIMIENTO DE "JALEA DE DUENDES"
Video documental de la presentación del libro de cuentos infantiles "Jalea de duendes", de Beatriz Fernández Vila, ilustrado por Milagros Cabrera. En Editorial Dunken, Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, el Viernes 25 de Noviembre de 2016.
Con: Milagros Cabrera, Raúl Pignolino, Ramón Oscar Sosa, Dany Pereyra, Ricardo Cabrera, Tony Fiorentino y Carlos Migliore Bataller.
Dirigido por Florencia Falchi.
Con: Milagros Cabrera, Raúl Pignolino, Ramón Oscar Sosa, Dany Pereyra, Ricardo Cabrera, Tony Fiorentino y Carlos Migliore Bataller.
Dirigido por Florencia Falchi.
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