lunes, 2 de agosto de 2010

YO NO PROPUSE ESTA MUERTE


Desde el comienzo de la lid
te mostré quién es el amo,
chorreó mi cuerpo negro
sudor de sangre,
y en la arena caliente
reverberó mi tiempo de becerro.
tibieza de leche
pastizales tiernos.

Mientras desmayaba,
aguijoneando tu arrogancia
alcancé a ver las luces de tu traje.
Más fuerte que mi bramido
bramaba la plaza,
y al caer te vi erguido
parado en tus dos patas.

Tu razón superior a la mía
te dictaba esa barbarie.

Y al incorporarme,
en medio de mi agonía,
a mitad de mi muerte
tu cuerpo se clavó en mi frente,
te abrí un tajo bravo
y te quité la vida.

               Beatriz Fernández Vila

domingo, 27 de junio de 2010

CANDELARIA


Fue la Mari, desde que llegó llena de miedo, y hasta que la desazón se le hizo costumbre. Aprendiendo a servir, mientras soñaba que el agua de la laguna volvía a rozarle los pies, o que las noches de su pueblo volvían a curarle el alma. Y acunó en sus brazos morenos, a los hijos de sus patrones, desde antes que supieran hablar, cuando ella era todavía la sabia, hasta que sabían tanto que ya no la tomaban en cuenta. La falta de escuela se le hizo carne, y con los años pareció más ignorante de lo que era, porque la frescura se le fue yendo, y ni siquiera preguntaba con la espontaneidad que trajo al llegar.

- Guaynita. Mire que si no está lista para las cinco, la Mercedes no la puede esperar.

- No me quiero ir abuela.

- No me haga eso m´hija… usted sabe que acá no la puedo tener.

- ¿Pero qué voy hacer sola en la capital? ¡No me haga ir que la voy a extrañar!

- Duérmase ahora y pídale a la virgencita de Itatí que la proteja.

Aquella noche, fue el último retazo de caricias que recordaría hasta el final de sus días.

El tren surcaba veloz los maizales. En un abrir y cerrar de ojos, las cosas que miraba ya no estaban, sólo a lo lejos los ranchos parecidos al que había dejado, se perpetuaban en el paisaje con obstinación, simplemente para que el dolor que llevaba no se le fuera más.

La Mercedes le dio unas cobijas para taparse, y que el único vestido que tenía no se viera impresentable por el polvo del camino. Llevaba unas galletas en el bolso, pero no probó ninguna.

Por suerte la noche inmensa tuvo piedad y le trajo un sueño profundo. Se quedó dormida arrullada por el sonido de los acordeones, que desgranaban un chamamé quejumbroso, y le traían rumor de camalotes.

- Candelaria, quédese adentro m´hija, duerma la siesta, que si no duerme se la va a llevar el Jasi jateré

- Abuela, ¿es verdad que a la Glide se la llevó el Jasi?

- Basta m´hijita, duerma. Se me ha puesto muy habladora. ¿Sabe lo que ese viejo feo hace con las guainytas habladoras?

- Le arranca la lengua para que no hablen nunca más. ¿Es verdad que un día se le apareció en la laguna, y usted se escapó arriba de un yacaré?

- Duerma m´hija, duerma. No pregunte zonceras.

Enero se derramaba sobre el arenal. La desazón, le arremolinaba los sueños que la llevaban de nuevo a su lugar.

- ¡No me deje ir abuela!

Golpeaba las paredes del rancho, y nadie la escuchaba

- ¡No me deje ir! ¡Que tengo miedo!

Nunca había sentido tanto temor, ni cuando se cayó del naranjo salvaje. Ni cuando la picó esa víbora, y se pasó la noche entera rezándole a Lega para que no le pasara nada. Ni cuando se llevaron a su madre para el hospital y no volvió más. Nunca, nunca tanto miedo como el que sentía ahora que la Mercedes la llenaba de recomendaciones. Y le decía que la señora que la esperaba era muy exigente. No quiso preguntar que era eso, pero no le gustó. De seguro no era algo bueno, porque cuando la Mercedes se lo decía se ponía seria.

Cuando despertó en la mañana, los musiqueros ya no estaban, ni el señor con la jaula de conejos, ni la señora con las bolsas de naranjas. Iban llegando a un lugar desconocido, y la gente que subía al tren era muy rara. No dijo una palabra, aunque se moría de curiosidad. Si la gente de la capital era como esa, no le iba a gustar. Se quedó muda por el resto del viaje, y cuando el tren se metió en ese lugar inmenso donde había otros trenes, ya no entendió nada.

En el andén esperaba una señora muy bonita, muy alta y rubia.

- ¿Esta es la chinita Mercedes? Es medio flacuchita. Espero que sirva. ¿Cómo te llamás?

- Candelaria

- Demasiado largo, te voy a decir Mari. Y espero que aprendas rápido.

Después… el desarraigo. Los proyectos de otros, en los que ella no contaba. La angustia y el extrañar, y el no haber vuelto jamás a su pueblo.

Sentía el cuerpo dolorido. Las paredes del cuarto se derrumbaban en un sopor pantanoso. La fiebre la estaba consumiendo, o los años tal vez.

Lejos la laguna, lejos el paraisal, y lejos sus años de Candelaria. Un rumor de agua tiraba de su sangre, y la volvía a los naranjos, a las siestas, y al arenal.

- Quiero estar con usted abuela.

- Duerma m´hijita duerma.
Beatriz Fernández Vila

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Guaynita: muchachita.

Jasi jateré: personaje de la mitología guaraní, con el que se asusta a los niños para que respeten la siesta.

Lega: modo familiar con el que se nombra a Olegario Alvarez, bandido rural de principios del siglo XX. Que en Saladas, en la provincia de Corrientes se venera como santo.

lunes, 24 de mayo de 2010

BICENTENARIO



Mi Patria cumple 200 años desde su nacimiento. Alguien me marcó en estos días la diferencia entre el festejo del primer centenario, y este otro, al que consideró en desventaja con respecto aquél. Y me enumeró algunos hechos importantes, como la visita de prominentes personalidades de la época, los fastuosos regalos de los países del mundo para nuestra incipiente Nación, que se perfilaba como hija dilecta de aquellos. Poderosa, ganadera, rebosante de gigantescos silos con granos suficientes para saciar el apetito del mundo entero. Donde palacios destinados a patricios apellidos, comenzaban a cubrir el paisaje de una Buenos Aires a la que le hacían olvidar su fisonomía de aldea, y le quitaban con urgencia el modesto vestidito americano, para cubrirla con un presentable soireé europeo. De espaldas a un río de lomo marrón, que arrojaba inmigrantes a su costa pródiga y se atragantaba de buques plenos de materia prima que abultaban pocos bolsillos.

En cambio ahora qué, se preguntaba el improvisado cronista. Ahora apenas celebraremos con unos recitales al aire libre. El relato, lejos de espantarme, me despertó un profundo orgullo. Y el pensamiento veloz, me llevó a las recurrentes fotos del centenario, donde portadores de galera y bastón, y una carroza transportando a una anciana princesa, le daban la razón a estas apreciaciones. Por cierto que noté la diferencia. Y rescaté esta celebración de hoy, más horizontal, más de iguales. Con un pueblo desbordando el asombro. Derramados en las calles, caminando una 9 de Julio, para ir al encuentro de sus artistas. Y sentí que algo mejor le pasó a mi patria en su segundo centenario; estamos ante la presencia de un pueblo protagonista, no espectador de ostentosos desfiles, y si conciente de ser parte de la historia. Y conciente también, de que ésta se construye con los aciertos y los errores de todas las épocas. No seríamos lo que somos sin aquellas vivencias que forjaron los primeros años del país: la festividad, coexistiendo con las revueltas, las luchas, las necesidades de un pueblo que estaba escribiendo las primeras páginas de su realidad. Prefiero la celebración de esta sociedad, que conoce lo que puede y debe exigir. Que se rearma con ingenio y perseverancia después de cada crisis, que pelea por su identidad, que de a poco se reconoce no sólo en aquellos que bajaron de los barcos, sino también en las naciones originarias, que existen, que están vivas, que tienen voz, que ya no aceptan la supuesta superioridad de la “civilización” y se plantan orgullosas para hacerse visibles, y transmitir su sabiduría.

Prefiero este segundo centenario, horizontal, llano, con muchas deudas pendientes todavía, pero reveladas, no ocultas. Y con hombres y mujeres tan humanos, tan viscerales, tan valientes o tan dubitativos como fueron nuestros hombres de Mayo, a los que la historia oficial, se empeñó durante todo un siglo de montar en un pedestal, para hacernos creer que nuestra pequeña humanidad no estaba al alcance de ninguna de sus proezas. Prefiero este segundo centenario, y me celebro en él, con mis miedos, mis dudas, mis cotidianas hazañas, tan vulgares o tan grandes como aquellas. Prefiero este camino con los ojos más abiertos, y en el comienzo de un destino común con los otros pueblos americanos, como lo soñaron Belgrano, Monteagudo, San Martín y Bolívar. Viva mi país, viva mi patria, viva la gente que la ama, y que la desea grande hoy, y para las futuras generaciones.

Beatriz Fernández Vila

sábado, 22 de mayo de 2010

ESA VOZ


Su noche galopa
se esfuma
se empecina
y vuelve.
Se pierde entre pliegues inciertos
y recorre el terror de otras horas.
Baja en serpientes de asombro
se nubla.

Acomete en la madrugada
con los últimos jirones que le restan
y se abre paso a un alba tibia
protectora
alejada del dolor.

La ciudad adivinada
presentida en horas de espanto
le roza otra vez la piel.
Se empeña en borbotones de vida
y ella intenta de nuevo la risa.
Se sumerge en esta claridad.
Desea que los olores
vuelvan a ser sus olores conocidos

Y recuerda aquella voz
que la arranca de las sombras
               latiendo
                             cálida
surgiendo de los rincones de la memoria.

                             Beatriz Fernández Vila

miércoles, 24 de marzo de 2010

DIA DE LA MEMORIA


NUDOS DE SAL

Nudos de sal sujetan
los laberintos del tiempo
los pájaros quebraron sus alas
en la noche oscura
pero aún despliegan sus ojos
sobre la herida sola
abierta y sola
y cantan y vuelan
y vuelven a insistir.

        Beatriz Fernández Vila


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DESDE LAS SOMBRAS

Desde las sombras, cuando se lo permite la locura, emerge vacilante, mustia. Unos pasitos cortos la llevan hasta la ventana. Descorre las pesadas cortinas y el aire fresco de afuera, se mete entre las rendijas y se mezcla con el aire pesado del ambiente.

Un susurro persistente se derrama en todos los rincones de la casa, y ella pasa frente a los espejos sin mirar; le da miedo encontrarse con esa mujer que ya no reconoce. Sus manos resecas son la única referencia de que el tiempo pasó. Nunca más se asomó a un espejo y guarda dentro de ella, la sensación lejana de ser todavía aquella joven que se quedó estática, muda, sin capacidad de reaccionar cuando su vida se partía en dos.

"Papá dice que bajes la música porque no puede leer". Otra vez la frase que golpea incesante "Papá dice... ". Y de nuevo la música, las palabras de todas las voces de la casa, que golpean sonoras, lentas, derrumbándose en los tejidos del tiempo y haciéndose presente otra vez, como el último retazo de cotidianeidad de esos momentos queridos.

Ella arreglada para salir, Laurita escuchando música estridente, su padre reclamando silencio. Y las bestias que entraban arrasando.

Y después la bocanada helada de esos días, más el desamparo y la brutalidad que se adueñaba de la vida. "Papá dice... " y de golpe papá ya no dijo nada, se quedó impotente en su silla de ruedas, mirando cómo se llevaban a su princesa.

Esta mujer que le teme a los espejos, vive aún de aquellos recuerdos de infancia, de veredas con rayuelas, de vecinos sentados a la puerta, de arroz con leche. Y "Agua San Marcos, señor de los charcos" para que un tambaleante barquito de papel, surque el patio en días de lluvia. "Agua San Marcos, señor de los charcos" y a preparar torta frita, porque va a llover toda la tarde.

Agua San Marcos, señor de los charcos" y a jugar adentro que mojan toda la casa. "Agua San Marcos ..." y la lluvia lloviendo ahora sobre su corazón.

Esta mujer que le teme a los espejos, abre todos los días su tesoro de recuerdos. Oyendo voces que la rescatan de las sombras, evitando verse con su aspecto de ahora, porque todavía espera que se abra la puerta y los adolescentes años de su hermana vuelvan a la casa.

Beatriz Fernández Vila

- DESDE LAS SOMBRAS fue publicado por Editorial Dunken en la antología LOS SUEÑOS Y LOS ECOS del año 2008 -

jueves, 18 de marzo de 2010

LLANURAS Y LABERINTOS


En el comienzo de su hora vió un llanura pálida. Una nube espesa derramaba su indolencia, y supo que había arribado al confín de los sueños.

La pregunta inicial se desgranaba todavía en los pliegues de la noche, y quiso despertar, porque ese sueño no le pertenecía.

“Los que buscan no conocerán” “los que indagan no sabrán”. Alguna vez conoció que verdad es: las múltiples caras de los sueños que soñó con otros “sólo verás una” dijo una voz. Y se cerraron ante él, todos los códices del mundo. Cada página abortaba su certeza. Cada aluvión de duda cercenaba su realidad. Y aunque la llanura estaba cerca, se perdió en su laberinto.

Los múltiples sueños de los otros que sueñan, de los otros que soñaron, y de los otros que soñarán, se desdoblaban en más incógnitas todavía.

Y antes de que lo rescataran de la “infamia”, abortaran sus preguntas y le dijeran en qué debía creer, volvió a saborear la certidumbre inquietante de la duda.

Beatriz Fernández Vila

lunes, 8 de marzo de 2010

DIA DE LA MUJER


1681, Ciudad de México. Juana a los treinta

Después de rezar los maitines y lo laudes, pone a bailar un trompo en la harina y estudia los círculos que el trompo dibuja. Investiga el agua y la luz, el aire y las cosas. ¿Por qué el huevo se une en el aceite hirviente y se despedaza en el almíbar? En triángulos de alfileres busca el anillo de Salomón. Con un ojo pegado al telescopio, caza estrellas.

La han amenazado con la inquisición y le han prohibido abrir los libros, pero sor Juana Inés de la Cruz estudia en las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro toda esta máquina universal.

Entre el amor divino y el amor humano, entre los quince misterios del rosario que le cuelga del cuello y los enigmas del mundo, se debate sor Juana; y muchas noches pasa en blanco, orando, escribiendo, cuando recomienza en sus adentros la guerra inacabable entre la pasión y la razón. Al cabo de cada batalla, la luz del día entra en su celda del convento de las jerónimas y a sor Juana le ayuda recordar lo que dijo Lupercio Leonardo, aquello de que bien se pude filosofar y adereza la cena. Ella crea poemas en la mesa y en la cocina hojaldres; letras y delicias para regalar, músicas del arpa de David sanando a Saúl y sanando también a David, alegrías del alma y de la boca condenadas por los abogados del dolor.

-Sólo el sufrimiento te hará digna de Dios- le dice el confesor, y le ordena quemar lo que escribe, ignorar lo que sabe y no ver lo que mira.

“Memoria del fuego / Los nacimientos” 
EDUARDO GALEANO

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1778, Filadelfia: Si él hubiera nacido mujer

De los dieciséis hermanos de Benjamín Franklin, Jane es la que más se le parece en talento y fuerza de voluntad.

Pero a la edad en que Benjamín se marchó de casa para abrirse camino, Jane se casó con un talabartero pobre, que la aceptó sin dote, y diez meses después dio a luz su primer hijo. Desde entonces, durante un cuarto de siglo, Jane tuvo un hijo cada dos años. Algunos niños murieron, y cada muerte le abrió un tajo en el pecho. Los que vivieron exigieron comida, abrigo, instrucción y consuelo. Jane pasó noches en vela acunando a los que lloraban, lavó montañas de ropa, bañó montoneras de niños, corrió del mercado a la cocina, fregó torres de platos, enseñó abecedarios y oficios, trabajó codo a codo con su marido en el taller y atendió a los huéspedes cuyo alquiler ayudaba a llenar la olla. Jane fue esposa devota y viuda ejemplar, y cuando ya estuvieron crecidos los hijos, se hizo cargo de sus propios padres achacosos y de sus hijas solteronas y de sus nietos sin amparo.

Jane jamás conoció el placer de dejarse flotar en un lago, llevada a la deriva por un hilo de cometa, como suele hacer Benjamín a pesar de sus años. Jane nunca tuvo tiempo de pensar, ni se permitió dudar. Benjamín sigue siendo un amante fervoroso, pero Jane ignora que el sexo pueda producir algo más que hijos.

Benjamín, fundador de una nación de inventores, es un gran hombre de todos los tiempos. Jane es una mujer de su tiempo, igual a casi todas las mujeres de todos los tiempos, que ha cumplido su deber en esta tierra y ha expiado su parte de culpa en la maldición bíblica. Ella ha hecho lo posible por no volverse loca y ha buscado, en vano, un poco de silencio.

Su caso carecerá de interés para los historiadores.

“Memoria del fuego / Las caras y la máscaras”
EDUARDO GALEANO

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Los textos que preceden estas palabras, hablan de dos mujeres que quise recordar. Simplemente porque sintetizan el lugar que el orden social, determinó para ellas: Jane Franklin, asumiendo su condición de madre y esposa, ignorando un horizonte que le era vedado, y sor Juana Inés de la Cruz, con todo su ímpetu, enfrentando a una sociedad oscura tratando de procurarse el saber, cuando el saber estaba destinado sólo a los hombres. 
Beatriz Fernández Vila