lunes, 13 de abril de 2015

PRESENTACIÓN “¿POR QÚÉ POESÍA?” - EDITORIAL DUNKEN


El día Domingo 29 de Marzo de 2015 a las 12.00 hs, en la sede de EDITORIAL DUNKEN, calle Ayacucho 357, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina, se presentó la Antología “¿Por qué poesía?” compilada por Daniel Luján.

En la misma se incluye, junto a la obra de muchos otros compañeros autores, el poema “YO NO PROPUSE ESTA MUERTE”, de Beatriz Fernández Vila.

Condujeron la presentación del libro, los escritores Marita Rodríguez-Casaux, Ricardo Tejerina y Carlos Penelas.

http://www.dunken.com.ar/web2/libreria_detalle.php?id=14164

Un sincero agradecimiento a Editorial Dunken, y a Sabrina Vega en particular, por la  prolongada tarea de muchos años, en la difusión de los autores. 

Carlos Migliore Bataller

lunes, 2 de marzo de 2015

MICRÓFONO ABIERTO - III (en la voz de la autora)



LAS MEDIAS SON VERDES 

Se queda en la puerta del colegio, de la mano de su hermano, mientras el auto se aleja. Otros autos se detienen, y otros niños bajan corriendo. Un señor en bicicleta, pasa esquivando el tránsito pesado de esa hora, y le dice que se aleje del cordón. Después,  un grupo alborotado que desciende del micro lo arrastra hacia adentro.

-A la salida esperá atrás de la reja.

-Si mamá -había dicho automáticamente, pero lo recuerda bien.

-Le cerrás la campera a tu hermano, vos te subís la bufanda y te tapás la boca, mirá que después andás tosiendo.

Tiene tanto para recordar, y hace tanto frío, Igual que la noche que mamá empezó a llorar. Santiago  se había abrazado a él, y después se quedaron dormidos en la misma cama.

Rossi - dice la directora- un paso al costado, y me acompaña a la dirección, las medias del uniforme son verdes señor, a esta altura lo tendría que saber.

Sí, mucho frío, es feo el invierno, porque trae estos días que no se pueden soportar, y para colmo, hoy tiene que ir a la casa de Ernestina. Qué horrible el puré de caja, y las salchichas crudas.

-¡No voy más!

-¡Usted va hacer lo que yo diga, mocoso! -dijo mamá.

Difícil verla llorar a cada rato. Santi había dicho ayer, que era una bruja, y no la quería más porque gritaba. Y a él le creció la autoridad de hermano mayor, y le dijo que eso no se dice, y a la noche dejó que se arreglara solo con la comida, ni siquiera le importó que no supiera cortar la carne.

Los pinos del patio se balancean como si fueran a romperse. Las medias son verdes señor. El timbre suena fuerte, y cuando pasa frente a la salita azul, su hermano está llorando.

Franco… ¿podés venir?, dice la señorita Claudia que es muy linda, pero a veces habla feo. Tu hermano se hizo pis, y no trajo ropa para cambiarse, sabés que siempre tiene que traer, por cualquier inconveniente.

La pesada de Valentina, lo mira con cara de tonta; desde que está triste, la pesada esa no se aparta de su lado. Pesada insoportable igual que su abuela, que tiene la misma cara de tonta, y pregunta cosas que él no sabe responder. Y después se queda mirándolo con ojos de vaca, los mismos ojos de vaca que ponen las madres que vienen a buscar a sus hijos a la salida, y que le acarician la cabeza cuando pasa cerca, y le dicen si quiere ir a jugar a su casa. Y él no va, porque todas dicen tonterías, y preguntan y preguntan, y no se cansan de preguntar. 

Qué lástima, que no le avisé a mamá lo incómodo que es dormir en casa de Adela; los gatos se  suben todo el tiempo arriba de la cama, y además tenés que estar atento al Boby, que está viejito pero no deja de hacer lío. Como la noche que se tragó las pastillas que estaban sobre la mesita  del living, y tuvimos que salir corriendo para el veterinario a las cuatro de la mañana.

Parecía muertito; yo creía que estaba dormido, y justo cuando pensaba que podíamos descansar, vino la tía Adela a preguntar si Santi las había agarrado. Y él sabe que esas cosas no se tocan, y yo también. Después cuando volvimos, tuvimos que llamar al portero porque  perdió las llaves. Lástima que no le avisé, pero a lo mejor no hace falta. “Me quiero tomar un tiempo para mí”, dijo cuando hablaba  por teléfono, y entonces… seguro que no le molesta dormir rodeada de gatos y cuidar al Boby, y a la tía, que también está viejita, y no hay que contradecirla cuando te prepara manzana al horno, porque es el postre más sano que hay, aunque sea una porquería incomible. O te sirve la manteca amarilla, y con gusto a viejo, y té con leche, porque es más saludable que el café. Es más lindo dormir en el departamento de la tía Julia, que huele lindo, nos quedamos despiertos hasta tarde, y pide pizza para la cena. Y además, es igualita a mamá, igual a mamá cuando jugaba a la guerra de almohadas, y preparaba pochoclo en los días de lluvia.

Las medias son verdes señor, dice la directora, que no lo mira con ojos de vaca. Y la pesada de Valentina no se despega de su lado, se pone cerca para escuchar  lo que le dice, y después lo toma del hombro y lo acompaña hasta el aula. Y a él le molesta la presencia de Valentina Roncaglia; su tamaño, sus manos gorditas, sus aires de protectora, y su cara de tonta.

Franco… traé el cuaderno de comunicados y vení conmigo, dice la seño de Santiago. Últimamente se tomó la costumbre de venir a buscarlo, porque su hermano llora. o se mete en  problemas. Las medias son verdes señor, murmura por lo bajo. ¿Qué decís?, pregunta la señorita Carolina.

Sí, seguramente las medias quedaron en lo de la tía Julia. ¿Qué color de medias usará el hijo de Lili, verdes o azules? ¿Al hijo de Lili, el boletín se lo firmará papá? No, no puede porque él no es el padre. Pero se lo muestra igual, cuando yo estoy cerca, para hacerme quedar mal. “¡Eh… Franquito ¡¿Qué está pasando? Flojito esto, tenés que ponerte las pilas y repuntar, mirá que la matemática es lo más importante que hay. Además ya estás grande, tenés que prestar más atención”. siete años deben ser muchos años, porque ahora cuando agarra la caja de fósforos no le dicen nada, enciende el horno para calentar la carne, y hasta saca la cuchilla grande del aparador. Y se sube al lugar más alto de la alacena, cuando necesita algo, como el otro día que buscaba galletitas. Esta noche seguro que sube otra vez, porque no le gusta lo que les prepara  Elsa para comer.

“¡No campeón!... para esto tiene que venir tu mamá, ¿yo qué sé de disfraces, y actos de la escuela? Cuando tu mamá se haga un tiempito, viene y lo arregla enseguida. Chau… a la salida a lo mejor pasa el abuelo, esperá  atrás de la reja”.

Qué pena que no le dije a mamá lo de los gatos ¿Papá irá a la  reunión de padres del hijo de Lili? ¿Qué color de medias usará ese?

Los pinos se doblan, cae la lluvia, y las medias son verdes señor, ya lo tendría que saber. 

Beatriz Fernández Vila
 

martes, 22 de julio de 2014

ANA MARÍA


Ana María Di Marco vivía en Thames y Superí. Como me había convertido en un bicho de ciudad, caminé con obstinación por Thames, y con más obstinación aún por Superí. Jamás encontré la esquina en que se cruzaran. Con el tiempo me acostumbré al desencuentro, y mi obsesión creció al pensar que cuanto  más tardara, Ana dejaría de esperarme.

El día que supe lo de la excursión, pensé en sentarme junto a ella en el micro y aprovechar la  ocasión para decirle lo que me pasaba. Claro, que no conté con la atenta mirada de la maestra; la señorita Amanda Isabel Cuello de Mariátegui, que cuidaba afanosamente de nuestros despertares de pubertad, se ocupó de que viajáramos separados. Las niñas adelante – dijo –  los niños atrás. Y allá fue a parar mí vapuleada existencia junto a Oscar Donofrio, que estaba de vuelta de todo, y había averiguado con lujo de detalles lo que los demás queríamos conocer: dirección y teléfono de Ana María. Por supuesto que el gordo Oscar no sabía de mi amor por ella, no hubiese soportado que su primitivismo rozara mis sentimientos.

El primer gesto de Oscarcito, fue pavonearse por su habilidad para lograr lo que ninguno de nosotros fuimos capaces de conseguir. Y cambió alfajores y bolitas por el secreto del que era dueño, y lo hacía superior al resto. Yo sufrí en silencio las interminables horas que duró la excursión. Oscar Donofrio se regodeaba en saberse amo de una situación que sólo él manejaba. En cambio del otro lado, sólo teníamos la plena conciencia de saber que Ana María era la más linda de la escuela y que estábamos enamorados de ella, en especial yo, que era capaz de cualquier cosa aunque solo fuera para compartir la misma brisa que a ella la rozara, el mismo pedacito de patio en los recreos, el mismo oxígeno, cuando yo decía adelante y ella me decía gracias. Y además sabía que mi ansiedad no se aquietaba hasta que la veía aparecer.

Ella llegaba a la escuela por la calle de la iglesia, sus zapatitos pisaban las mismas baldosas que yo pisaba. En ese tiempo, tomé por costumbre retrasarme cada día un poco más con el propósito de encontrarla. Salía de mi casa despacio, pisaba las baldosas de a una por vez. Después, miraba el reloj en lo de Vicente que a esa hora abría su negocio; si calculaba que estaba adelantado, me quedaba sentado en el umbral de doña Asunción, y después enfilaba para la escuela, Hice esto durante algún tiempo, hasta aquella gloriosa mañana en que a las siete y veinticinco la vi bajar del colectivo.

Si algo le faltaba a mi desconcierto, era eso; saber que venía al colegio en colectivo. Yo jamás había viajado solo, y ella tan linda, tan perfecta, me llevaba además esa ventaja. Y la vi resuelta, descender junto a los obreros que llegaban a las fábricas. Me sentí un idiota, me metí en el quiosco de Pepe porque no supe qué hacer, y salí de allí más incómodo todavía, porque no tenía ni un centavo para comprar algo y disimular.

Desde aquel día, alrededor  de esa hora, yo pasaba por la parada solo para caminar detrás. De dónde venía, no sé. Cómo sería la casa donde vivía, era una idea que mi cerebro no podía abarcar. Qué sentirían los afortunados que respiraban su mismo aire, era un sentimiento que mi corazón no podía soportar. Por eso, saber al gordo Oscar dueño de una revelación que yo no poseía, lo convirtió en un dragón que echaba fuego por sus fauces, para que mis inocentes inquisiciones  no lo alcanzaran.

Aquella mañana, junto a los del “séptimo B”, éramos veinte varones en el micro, diecinueve pares de ojos se clavaban en la prominente figura del dragón. Pero la mole mitológica sólo sostenía la mirada de mi inocente par de ojitos: pequeños, temerosos, suplicantes, No lo digas –pensaba – te cambio mi álbum de figuritas, por el secreto que quiero sólo para mí. Y el gordo, prepotente, avasallante, continuaba en su trueque desigual, de baleros, “lecheritas” y barriletes, a cambio de un dato que sabía desde el vamos que no iba a soltar, aún después de que cada uno le entregáramos nuestros tesoros.

Andá gordo, no tenés un carajo dijo Pietro, el grandote del otro “séptimo”. Y al  gordo se le hinchó la yugular, como él decía, creció en su figura de dragón prepotente, y amagó una piña, con el claro mensaje: Te callás, no me vas a hacer perder lo que conseguí. Aunque tras el amague se replegó, porque la señorita Amanda Isabel Cuello de Mariátegui, protegía desmesuradamente al grandote del otro “séptimo”, porque el padre tenía marroquinería, y el suyo, era el único regalo digno que recibía en el día del maestro.

Por supuesto que Oscar Donofrio se las ingenió para no soltar ni una palabra de lo que sabía. Yo, desde el fondo de mi corazón le agradecía tan tortuosa prepotencia. El gordo hacía lo que quería, conseguía lo que se le antojaba, o de lo contrario te lo arrancaba de las manos.

Pero esa mañana, sus “horrorosas virtudes” eran mis más deliciosas aliadas para guardar un secreto que de algún modo conseguiría que me dijera sólo a mi. Después de todo, yo también tenía algo que él quería más que nada en el mundo, y era también un secreto: el más deshonroso de los secretos para un tipo como él. Yo lo sabía, porque se pasaba tardes enteras en mi casa. Mi abuela, preocupada porque su único nieto no tenía trato con chicos de su edad, se esforzaba en invitarlo a tomar la leche y hacer los deberes. Un insignificante alfeñique de cuarenta kilos como yo, no necesitaba de la incómoda compañía de un mastodonte como él. Pero la obstinación de mi abuela había dado sus frutos. En las interminables horas que el gordo se quedaba en casa, estaba mucho más tiempo en el taller de mi tío Osvaldo, que haciendo la tarea.

Mi tío era relojero, y coleccionista de piezas de relojería. Una danza sincronizada de movimientos perfectos, daban vida a mecanismos más perfectos todavía; cualquiera hubiese despertado la admiración y el interés de mis compañeros, pero el gordo Oscar sólo tenía ojos para la bailarina de una cajita de música. Muchas veces lo vi extasiado en su esbelta figura, la hacía funcionar una y otra vez, y yo sabía que ante ese juguete perdía su estatura de troglodita. Era un secreto sórdido entre él y yo, nunca pensé usarlo en mi beneficio. Mis inocentes pensamientos despojados del tinte mafioso que en los suyos sobraba, jamás imaginaron conseguir algo a cambio. Pero este motivo bien lo valía. Cualquier intento era poco; su secreto, por el mío. Además, estaba seguro que tío Osvaldo me daría la cajita sin preguntar para qué la quería. Así que me pasé las extensas horas de aquella excursión, rezando para que Oscar Donofrio, una vez más, consiguiera lo que se le ocurriese a cambio de nada. Sólo yo tenía lo que él necesitaba, y sólo yo, necesitaba lo que él tenía.

Cuando volvíamos del colegio lo invité a pasar por mi casa. Mientras caminábamos, adivinaba la alegría de mi abuela al comprobar que la invitación partiera de mí, sin que ella hubiese  intervenido. Pensé en las milanesas con puré sobre las que Oscarcito iba a chapalear goloso, en el budín de pan que mi mamá preparaba con ralladura de naranjas y pasas de uvas, y que el gordo disfrutaba con dulce de leche.
En el almuerzo lo vi devorar con avidez, absolutamente despreocupado de avisar en su casa dónde  estaba. En ese momento, mi presa perdió su verdadera dimensión para convertirse en un tierno pollito que yo iba a adobar hasta ponerlo a punto y comerlo con sabiduría de gourmet. Luego, entraríamos al taller donde el cebo estaba siempre listo, al alcance de sus ojos y sus manos.

No fue necesario proponer ningún trato. Sólo pronuncié el nombre de Ana María, y puse la cajita en sus manos. Vi su gesto de agradecimiento, más por mi prudencia que por lo poco que le pedía a cambio. Un aura angelical lo rodeó en ese momento. Sus ojos ávidos habían conseguido una mirada inocente que lo enaltecía, y sin mediar nada más, su tono soberbio se dulcificó de pronto, para murmurar: Thames y Superí.

Thames y Superí, repetí en mi mente, sin que me atreviera a pronunciar el secreto tan deseado. Oscarcito se sacó el pulóver, envolvió la cajita de música, y una vez conseguido el objeto de sus desvelos recuperó su condición de cavernícola: Es para mi vieja dijo, poniendo a salvo su dignidad de delincuente juvenil.

No me importó la excusa, los dos nos habíamos transformado por un instante. El me mostró su inocencia arrinconada en algún lugar de su corazón, y yo esgrimí mis dotes de negociador para un asunto que el gordo jamás revelaría porque en eso se jugaba su dignidad y su prestigio. Por más que disimulara, yo sabía que la cajita era para él, y eso me hacía omnipotente.

A la noche tuve fiebre, al día siguiente falté a clases. Me volví loco el fin de semana pensando que quizá no fui todo lo exitoso que imaginé, y ese viernes, el gordo le había entregado mi secreto a todos. Pasaba con facilidad de un sentimiento a otro, desde la vanagloria de tener el control, a la desazón de no saber qué estaba sucediendo en mi ausencia.

Por suerte el lunes me volvió el alma al cuerpo, ansioso fui corriendo al cole. El gordo estaba en la puerta rodeado de los que entregaron todo a cambio de nada. Cuando me vio, su mirada volvió fugazmente a ser la de aquella tarde. Respiré aliviado, porque supe que no se lo había dicho a nadie. Thames y Superí seguía siendo música sólo para mis oídos.

Y desde ese día, a punto de cumplir mis trece años, hasta hoy, busqué a Ana con desesperación. Recorrí interminablemente Thames, e incansablemente Superí, nunca encontré el cruce de esas calles. Lo había buscado siempre en el sitio equivocado. Además, ¿cómo pensar que esa esquina que el gordo me regaló aquella tarde, quedara a veinte cuadras de mi casa? Si en esos años, para mí, todo lo lindo estaba detrás de la Gral. Paz: el zoológico, los cines, las tardes de chocolate con churros que disfrutaba con mis viejos en alguna confitería de Av. De Mayo. Cómo no iba a suponer que también Ana María venía de allí, si ella era lo más lindo que yo había conocido.

La verdad se me reveló esta mañana, cuando volví al barrio por cuestiones de trabajo, y en mi hoja de ruta leí esos nombres. Corrí hasta allí como un loco, por fin Thames se cruzaría con Superí. Y tuve la sensación de que ella estuvo esperando estos interminables años a que yo pasara por la esquina de su casa. Me quedé petrificado, aferrado al volante del auto sin respirar, mirando con temor el cruce de esas calles que jamás imaginé tan cerca, porque desde siempre, Ana  María me pareció inalcanzable.

Beatriz Fernández Vila
 

CONTARLE A DIOS (A Beatriz Fernández Vila)

 

Quisiera atravesarme por tus lluvias perennes
caminar por el río de tu mirada lejos
para que algún misterio me destape el abismo
y tu rumbo se escape por la última estrella
Quisiera bautizarte con la sangre del alba
justo a la hora tibia donde crece tu nombre
dejar caer otoños de metal y ceniza
en la región exacta donde aprieta el dolor
No sé si habrá un lugar después del tiempo
para decir las cosas que guardaban tus manos
Recuerdo tu manera de transitar la vida
vestida para siempre con antiguos silencios
cubierta para siempre por huecos desolados
viajando hacia el destino de tu propio horizonte
con esa vieja infancia mariposa de miedo
hablabas quedamente como quien acaricia
como quien vierte lunas sobre la faz del mundo
como sabiendo cosas mas allá de las cosas
Yo vi tus grandes ojos cuando ya no miraban
en la sabiduría de un osito de felpa
quedaba temerosa tu bandera de niña
con cuentos y dibujos y toda la distancia
Vos que tanto sabías de palabras y auroras
de inmortalidades y de pájaros
No sé si habrá un lugar después del tiempo
pero sería bueno contarle a Dios un poco
acerca de la ausencia
Raúl Pignolino

lunes, 9 de junio de 2014

"COPLAS DEL CHARANGO" de JAIME DÁVALOS - En la voz de Beatriz Fernández Vila:


CIUDAD DE ASFALTO ACOSTUMBRADO


Hay ecos
hay gritos dormidos
un estrepitoso ayer
que galopa con furia
hasta mis horas de hoy
y me rebela
Yo soy este otro ser
producto irremediable
de lo que antes fui
soy esta comarca con fronteras
surcada por rumbos prefijados
este ensordecido mundo
que mira sin ojos
y esgrime mentiras heredadas
aunque ya no tiene boca
Soy una mentira total
una piel que se acostumbró
al contacto rutinario
de otras pieles iguales a la mía
Soy una orden cumplida
un tiempo fijo
el sabor amargo de una tarjeta
marcada en su justo horario
el teclear incesante de una máquina de escribir
en mi puesto de oficina
Yo soy una mentira!...
alguna vez tuve ojos, boca
amargura y candor…
Y ahora
me asomo a la ventana
y otros idénticos a mí
se desgranan por las avenidas

Beatriz Fernández Vila 

*(Poema incluído en el espectáculo poético-musical “BUENOS AIRES ENTRE TODOS” del GRUPO JUANCITO CAMINADOR, 1977).

AZULGRIS


Está aquí
esta mujer nueva
indescifrable mezcla
de un guapo milonguero
y este oficinista
apresurado y opaco
que naufraga por sus venas

Está aquí
esta mujer azulgris
resuelta y coqueta
capaz de ocultar con su belleza
la rutina y el hambre

Vive aquí esta ciudad
celosamente mía
donde un Discépolo eterno
me sorprende aún con su filosofía
y un Piazzola genial
me maltrata el alma
con su “Buenos Aires hora cero”
Donde las calles despiertas
me acercan entre empujones
gritos y bocinas
que se adueñan de mis pies
Donde busco con ojos delirantes
los puentes amarillos
que Luis Alberto Spinetta
levantó para mi generación
y me asalta la bronca
porque por mi culpa
Rimbaud se quedó en las manos
de aquel  vendedor prosaico
que lo ha de volver a su estantería

Vive aquí esta mujer…
extraordinariamente nueva
donde todo se confunde
donde todo se entremezcla

Beatriz Fernández Vila 

*(Poema incluído en el espectáculo poético-musical “BUENOS AIRES ENTRE TODOS” del GRUPO JUANCITO CAMINADOR, 1977).