lunes, 21 de marzo de 2011


EL CIRCULO Invita al Sexto Encuentro Poético con invitados y micrófono abierto el 26 de Marzo de 2011.

Música y Poesía por sus autores y están todos invitados.


Para este sexto encuentro nos acompañan las talentosas:

ESTER DE IZAGUIRRE

LIDIA ROCHA

BEATRIZ FERNÁNDEZ VILA


Presentación del libro: POEMAS ENCADENADOS de Celina Vautier


EL CIRCULO se reúne el cuarto sábado de cada mes desde las 18 hs hasta las 21 hs. en THE ROZZ, Medrano 152, Capital Federal.

miércoles, 23 de febrero de 2011

EL MAGO


Después de reclutar a un montón de pibes más o menos desorientados que andaban en las siestas de aquí para allá, Obdulio Gómez formó un grupo bastante presentable para actuar en los carnavales del año siguiente. Los viernes por la noche ensayaban en la canchita hasta altas horas, y los vecinos soportaban el estruendo de los bombos, con más estoicismo que las corridas y los gritos de los que los había salvado Obdulio desde que se le ocurrió esa idea brillante.

Los pibes andaban encarrilados. Era una maravilla verlos hacer algo positivo, que a juzgar por los resultados los dejaba bastante cansados, porque de a poco el barrio empezó a distenderse y dormir toda la noche de un tirón, sin padecer los sobresaltos a los que estaba acostumbrado por la gritería del fin de semana. Y el hacedor de tanta gloria, reafirmó su condición de mago, y su apelativo, ya que así lo nombraban EL MAGO, porque de todos los oficios que se le conocía este era el que mejor desempeñaba. Y después de esta hazaña: aquietar los impulsos de un montón de descarriados, el mote le fue de mil maravillas.

Para agosto empezaron a confeccionar los trajes, y estuvieron comprometidas en esto cuanta abuela, tía, o hermana se preciara de manejar las artes del hilván y las tijeras.

El turco Abud les había regalado un montón de retazos viejos que rescató del sótano de la tienda. Olían a humedad, y a pesar de la colaboración desinteresada de alguna vecina para lavarlos y ponerlos en forma, cuando empezaron a cortar las prendas todavía el olor no había cedido a la buena voluntad del mejor jabón.

El veintidós de noviembre, día de la música, a Reynaldo Otero se le ocurrió lo del festival. Había ejecutado en la capilla una sonata para violín, y el padre Pedro hizo pasar la gorra. El patio de la capilla estaba colmado y al parecer la confundieron con la canasta de las ofrendas, porque terminó llena de monedas. Reynaldo, a pesar de su alto acatamiento religioso, pretendió algo de lo recaudado para sentir recompensado su talento. Que todavía no era tanto, aunque los buenos oficios de doña Asunción, la catequista, habían transformado en algo así como la digna compañía de un coro de ángeles.

Lo recaudado hacía falta para arreglar el techo de la sacristía, y el violinista terminó convencido de que su aporte artístico fue el vehículo para lograrlo. Esto lo envalentonaba, y volvió una y otra vez a reclamar parte de lo que creía que le correspondía pensando en destinarlo a la comparsa.

Entre doña Asunción y el cura lograron aquietarlo por un tiempo. Lo que no lograron, fue sabotear la independencia del ejecutante, que desde esa noche no dejó de darle forma a la idea de poner su talento al servicio de la empresa de Obdulio, y encaminó sus esfuerzos para lograrlo.

Empezó por el subte, a modo de fogueo, para ensayar y probarse ante el público. Con él viajaron Marquitos, Cacho, y el negro Gaitán. Ese día cosecharon poco. Porque a no engañarnos, sin los comentarios previos de doña Asunción, Reynaldo tocaba como sabia, y no había misterio, ni fascinación, ni nada que se le parezca. Terminaron tocando en las mesas de una pizzería en Chacarita de donde los sacaron corriendo. Y tuvieron que volver al barrio, convencer al padre Pedro de extraer una mínima parte de lo que recaudara en el patio de la iglesia, y ocultar el destino de los fondos, porque el cura, ya en el período de adviento, empezaba a arengar en contra de las profanas conmemoraciones carnavalescas que tanto mal le hacen al espíritu, y que condenan las almas al purgatorio.

El Mago estaba libre del estropajo, como llamaba él a los sermones, porque era ateo, y no comulgaba con esas ideas. En cambio los pibes del grupo concurrían fervorosamente a misa de once, que era la hora en que iban las chicas. Pero además, el motivo que los impulsaba en ese momento era grandioso. La comparsa debía brillar más que la de Devoto, y tenían que apurase para comprar los adornos necesarios. Aunque para eso debían convencer al cura de que cediera el patio de la capilla, y qué mejor que ir a misa para hacer buena letra.

En los primeros días de diciembre consiguieron el permiso para hacer el festival. Para la ocasión prometieron la participación de una concertista: Otilia Scordamaglia; que estudiaba piano desde principios de año, un ballet folclórico, y la participación de Reynaldo; que en ese momento se sentía la estrella máxima. Todas cosas decentes, como decía doña Asunción. El riesgo estaba en ocultar el destino de la recaudación. La mitad era para la capilla, y la otra mitad, para comprar las camisetas del equipo de fútbol, que fue la excusa que encontraron para tapar el inconfesable fin.

Jamás empresa alguna logró semejante adhesión. El tiempo se les iba completo en pensar y hacer cosas para la comparsa, y un espíritu solidario había nacido entre todos, y los hacía incansables, perseverantes, y alegres. Sobre todo alegres, contagiados tal vez del director, que era un tipo tenaz, positivo, y con inclinaciones artísticas. Porque el taller de carburación, era tan solo un pasatiempo para Obdulio, un pasatiempo que no le dejaba un mango y al que le dedicaba poco tiempo, ya que su verdadera pasión estaba en las artes, y se notaba. En tres meses había compuesto las canciones de la comparsa, dio su opinión sobre cada detalle de los trajes, entrenó a cada integrante en el clásico paso, y dejó parcialmente su ocupación de maestro de ceremonias en el club, sus presentaciones como cantor de tangos, y su trabajo de mago en fiestas diversas, para ocuparse de ese proyecto.

El tiempo apremiaba, diciembre tenía la costumbre de consumirse en un suspiro, y no podían dormirse en los laureles

Y cuando todo parecía marchar sobre ruedas, cuando los pibes se habían contagiado del espíritu de su mentor, y empezaron a realizar cosas que jamás habían soñado, una mañana en que pasaron por el taller para mostrarle cómo iba quedando el estandarte que los identificaba, no lo encontraron. Fueron a la casa para ver si estaba allí, y Obdulio que tardó en salir, los atendió asomado a la azotea, envuelta la cara con una bufanda a pesar de los treinta y cinco grados de un tórrido fin de año. Se quedaron sorprendidos pero ninguno atinó a preguntar. Y en los días sucesivos, siguió faltando al taller sin ninguna explicación, y sin explicación también a los ensayos, que era lo que más preocupaba.

Anduvieron perdidos por un tiempo, y continuaron ensayando solos; medio desanimados y con pocas ganas, ya que faltaba el espíritu convocarte del director. Ni siquiera el éxito del festival los alentaba, a pesar de que todo salió mejor de lo planeado.

Enero había llegado y era aún más implacable que diciembre, se diluía entre las manos sin piedad, el carnaval estaba próximo. Así de asechados se encontraban por un tiempo cada vez más tirano. El Mago no volvió a aparecer por ningún ensayo, pero a esa altura, las comparsas de los barrios vecinos ya sabían de la existencia de “LOS GUERREROS DE MAIPU” y era una cuestión de honor salir a los corsos para dejar bien parado el nombre del barrio.

Aunque la preocupación de los Guerreros no sólo estaba puesta en la comparsa, sino en la ausencia del director. Andaban cabizbajos, y medio tristes porque era bastante extraña la actitud de Obdulio. Hasta que una tarde en que lo fueron a buscar, el que se asomó a la puerta fue el sobrino más chico, que se despachó a sus anchas contando las penurias del tío.

Los trajes estaban a medio terminar, el estandarte también, y ya tenían apalabrada a la Beba, que prometió prestarles los dos caniches para disfrazarlos y que oficiaran de mascotas del grupo. Pero Obdulio seguía empecinado en no aparecer.

Y una tarde, sentados en el cordón de la vereda, melancólicos, tomaron la decisión de sus vidas, Los guerreros, no iban a tener su bautismo de fuego, porque de qué sirve una comparsa sin su director.
La de cosas que hubiesen podido comprar con lo recaudado, pero en ese momento algo trascendental estaba ocurriendo en sus vidas. Habían visto al Mago abandonar todas sus actividades, encerrarse en un ostracismo feroz, y no entendieron porqué, pero entonces, que ya manejaban la información, no podían cruzarse de brazos.

El sobrino había revelado la verdad. La bufanda con la que se ocultaba, no hacía más que tapar su vergüenza. Porque una noche en que volvía de animar una fiesta, había perdido los dientes postizos en una pelea. Unos vándalos, unos inadaptados, lo interceptaron en una calle oscura y lo dejaron sin dentadura, de pura maldad nomás. Para un tipo como él algo así era una afrenta, la vergüenza de verse en esa situación le había impedido sincerarse con sus muchachos y prefirió el silencio. Cómo presentarse ante el público en esas condiciones, si toda su vida la había pasado sobre un escenario paseando su prestancia y su corrección. Cómo decirle a los pibes que no tenía un solo mango para enfrentar ese gasto

A pesar de que estaban seguros de que saldrían a matar, los Guerreros no vieron la luz ese glorioso carnaval de 1963, guardaron los trajes a medio terminar, replegaron el estandarte, y cargaron con El Mago para llevarlo a la fuerza a hacerse la dentadura, porque todo lo que habían juntado, tenía en ese momento un destino superior.

Beatriz Fernández Vila

miércoles, 26 de enero de 2011

EL ANGELITO


A la entrada del patio se apostó Cosme Vila para cerrarle el paso a los indeseables, “ Ni el cura, ni el doctor” había ordenado doña Encarna. Y allí están él y cuatro muchachotes para abrir el camino a los que van llegando, y expulsar a los que no deben entrar.

Bajo el alero terminaron de colgar las últimas guirnaldas. Flores de papel le disputan el espacio a los candiles mortecinos que apenas alumbran. Un aura macilenta se suspende en el ambiente, y hace que gestos y sentimientos, se mezclen en un letargo empantanado, donde la angustia se detiene.

La Gladys siente que no será capaz de despertar de este dolor. La música suena lejana, las alabanzas por el angelito son incomprensibles para sus oídos; y esa letanía le empuja las lágrimas para más tarde, para después, para cuando se quede sola y pueda llorar.

“Un angelito más para el señor” dijo la abuela “Y un dolor más para mi alma” pensó la Gladys. Porque a este hijo lo crío ella. Al primero hacía tiempo que se lo había llevado la Dolores Aguilar, a la casa de esos ricos que no podían tener hijos. Tal vez por eso cuando este nació, y vino al mundo con esa mancha en el pecho, de color azul, con esas venitas intrincadas que se retorcían caprichosamente, la Gladys se escapó del hospital con aquel renacuajo lívido que sujetó a la cintura con una sábana, para salir de allí sin que nadie la viera. Y que casi asfixió cuando se trepó a ese camión que la sacó de la capital.

Al llegar al rancho, el hambre y el tenaz deseo de vivir del hijo hizo el resto. Lo aferró al pecho de la madre, y con voracidad ambos compartieron la miseria.

Hasta que doña Encarnación, con esa fe pertinaz que la alimenta, le abrió la puerta del rancho a medio mundo y la Gladys la dejó hacer. Se le había puesto entre ceja y ceja que el nieto era milagroso. Y casi a diario, todos los enfermos que podían entrar en su patio esperaban turno para tocar al niño, a pesar de su desnutrición y su mala salud.

Fue inútil la intromisión del cura. La abuela no estaba dispuesta a doblegar su fe. Si el hereje del padrecito no se avenía a la situación, no iba a ser ella la que dejara pasar de largo el milagro que se produjo en sus vidas.

Lo demás corrió por cuenta de la fe, la ignorancia, o las urgencias de toda esa gente que el médico no daba abasto para atender. Es cierto que la abuela hizo lo posible para instalar la idea de que su nieto tenía la imagen de la Virgen estampada en el pecho. Pero donde la necesidad impera no hace falta proponer soluciones, los hombres las buscan en todas partes con la misma naturalidad con la que respiran. Doña Encarnación soltó la voz, pero no costó mucho que la noticia se convirtiera en la verdad revelada, insoslayable y necesaria para aquellas almas.

El niño creció poco. A los dos años de edad andaba todavía prendido a la teta con obstinación. Flacucho como la madre, de salud precaria también, con los ojos inmensos y huérfanos.

Las dos o tres veces que lo llevaron de urgencia a la salita, la enfermera hizo lo imposible por sacarlo del mal trance. Pero apenas se recuperaba, la abuela volvía a montarse en su fe, y se lo llevaba a los apurones, antes de que el médico volviera a la carga con sus herejías: “¡Quitarle eso del pecho, que estupidez!”. Doña Encarnación se opuso fervientemente a cada intento. Cómo podía ser riesgosa esa mancha si a medida que crecía, se notaba con mayor nitidez el manto y los ojos de la Virgen. Si hasta los señores de la televisión lo dijeron cuando vinieron a mostrar el caso.

Es por eso que la Gladys no entiende por qué se murió su hijo. Si había llegado a este mundo para hacer milagros. Por eso las lágrimas se le clavan en la garganta, y le lastiman el pecho, con ese dolor que no se puede arrancar.

Música para el angelito, baile para el angelito, canciones para el angelito. Porque esta noche se dormirá en brazos de la Virgen, como le dijo doña Encarnación. Aunque la Gladys sabe que él no podrá dormirse si ella no lo acuna.

Beatriz Fernández Vila

domingo, 31 de octubre de 2010

ANGELES SOMOS


Las brujas de mi infancia andaban por las siestas. Eran temibles y feas como todas las brujas del mundo, y sus horribles manos nos acariciaban furtivamente para que no olvidáramos que a esa hora los niños buenos debíamos dormir.

Las brujas de mi infancia cocinaban tortas fritas para engordar a niños que tenían cautivos. Y comerlos acompañados de una buena ración de mandiocas.

Pasé buena parte de mi niñez pensando que los cuentos que me contaba mi papá, sucedieron en el pueblo donde él había nacido. Porque las brujas de sus relatos sobrevolaban inmensas lagunas, escapaban dificultosamente clavando sus chuecas piernas en el arenal, o cocinaban brebajes insufribles en una cocina de campo con olor a leña y paredes de adobe

Así fue, hasta que llegó el tiempo de la escuela. Con ella las primeras letras, y el descubrimiento de los libros que ya podía leer por mis propios medios. Entonces encontré una gran similitud entre mi historia preferida, y el tradicional cuento de Hansel y Gretel. No niego que descubrirlo en las páginas de un libro, además, profusamente ilustrado, fue para mí, mágico y encantador. Pero a pesar de su colorido y sus dibujos esmerados, mi imaginación jamás se despegó de esas tumultuosas noches de tormenta, donde la malvada bruja, cansada de esperar que el niño cautivo engordara, preparaba el horno para comérselo asado. Todo lo que había elaborado mi pensamiento hasta allí, perduraba en mi mente y era sólo patrimonio de mi imaginación, maravilloso e intransferible, asombroso y de ensueño.

Con el tiempo fui descubriendo que las historias que tienen que ver con el bien y el mal, con el amor y el desamor son universales. Nunca sabré si el relato de mi padre era sólo una adaptación del cuento de los hermanos Grimm, o la tradición oral de los pueblos se parecen tanto, que no pueden escapar de las mismas pasiones y las mismas enseñanzas.

Y como en la vida no se termina nunca de aprender, hace muy poco tiempo, volví a descubrir que los pueblos persisten en su obstinada manera de asemejarse. Y también le debo este descubrimiento a mi padre.

Entre las muchas historias que nos contaba, había una que sobresalía porque lo tenía de protagonista. El primer día de noviembre, día de todos los santos, en su pueblo, los niños salían con bolsas para pedir en las casas dulces y galletas. Mi abuela, para esa época encargaba al panadero una enorme bolsa de bollitos de anís, para esperar a los pequeños visitantes. Que llegaban vestidos de angelitos, recitando insistentemente “ángeles somos, ángeles somos” mientras se acercaban.

Las dueñas de casa esperaban la visita, y retribuían con rosquitas y chipá. Los angelitos agradecían con una coplita y se iban cantando “esta casa es de rosas, donde viven las hermosas”. Si en la casa que visitaban no eran recibidos con alguna golosina, se iban cantando, “esta casa es de espina, donde viven las mezquinas” Por supuesto que mi hermano y yo deseábamos una suerte semejante: salir vestidos de angelitos y volver con bolsas llenas de dulces. Pero esa costumbre no se practicaba aquí.

Pasé muchos, muchísimos años, pensando que aquello era sólo una linda tradición del pueblo de mi padre. Hasta que en estas tierras, siempre tan proclives a copiar costumbres foráneas, recaló Hallowen.

En ese momento lo tomé con el rechazo que este proceder me provoca. Nuestra sociedad, fascinada por todo lo que viene de afuera, comenzó a conmemorar una festividad que no conocíamos mas que a través del cine o la televisión. Pero que cada año se afianza, y se espera como una fecha de nuestro calendario. En las oficinas se planea el festejo. En los bares se organizan encuentros temáticos. Y en los supermercados, calabazas plásticas llenas de caramelos, esperan en las góndolas que nuestra inclinación a no quedar excluidos del gran mundo se apropien de ellas, porque hay que festejar Hallowen. Una conmemoración que pocos saben a qué se debe, cuál es su origen, y mucho menos, que en una lejanísima provincia de nuestro litoral, ya se practicaba. Que tiene idéntica raíz, que nos viene de Europa, y que con diferencia de un día, se hace referencia a lo mismo.

Hallowen en inglés antiguo significa “llegan los santos”. En el gran país del norte, los niños se visten de monstruos y brujas. En nuestra provincia, los niños vestían de angelitos y salían el primer día de noviembre, día de los santos inocentes, según el santoral.

Los pueblos son universales cuando comprometen sus sentimientos. Y las historias que estos sentimientos provocan, pueden ser contadas de la misma forma aquí o en Noruega,
en España o en Perú. También las tradiciones nos pueden provenir de otros lugares. Pero si podemos copiar una innovadora que nos venga de algún país del primer mundo, mejor. Una tradición pueblerina no alcanzará jamás su estatus de ejemplo a seguir.

Conocí Hallowen desde mi más tierna infancia. Como Hansel y Gretel, relatada por mi padre. Con la impronta que le imprimía el paisaje y las costumbres que él conocía. La bruja de su cuento hablaba en guaraní. Los niños de su tradición vestían de angelitos y recorrían las casas un día después de lo que Hallowen determina. Siempre tan rezagado nuestro aprendizaje. Siempre nosotros tan ávidos por mirar horizontes ajenos. Aceptando con esmero lo que está tan lejos, con la misma obstinación que nos negamos a valorar lo que tenemos tan cerca.

Beatriz Fernández Vila

martes, 12 de octubre de 2010

AMERICA MORENA


Una verdad milenaria
desplegada ante mis ojos
partituras perdidas
adagios inconclusos.

Un son mineral
de ímpetu y derrota.
Célula distante
en el océano del
tiempo.

Raza… ritos
espada y religión.

Un dialecto ancestral
derrama aún
su signo moreno en
la piel de estos días.

Conjura al olvido
de lunas postergadas
enciende el pedernal
y emprende los sueños.

Un barco desvelado
quiebra un mar antiguo
y busca todavía
la verdad de mi sangre

Beatriz Fernández Vila

martes, 28 de septiembre de 2010

AL COSTADO DEL CAMINO


La herida del costado dolía con un dolor ancestral. Veía pasar veloces los automóviles, y unas lucecitas difusas se suspendían en la estela interminable que dibujaban sus ojos derrotados. Tenía sed. Irguió la cabeza para tratar de incorporarse, pero el cuerpo se estremeció en un temblor quejumbroso. Agonizaba al costado de la ruta, y su casa estaba lejos.

Desde el lugar donde se encontraba vio despedazarse los cartones que cayeron del carro. Algunos se arremolinaban perezosamente en el asfalto y volvían a caer por el peso de la lluvia. Intentaban una danza grotesca, sacudidos por la velocidad de los autos, y se ensuciaban del mismo modo que su cuerpo se empastaba de agua y barro.

Cuando agotó sus gemidos de auxilio, cayó en un letargo salvador que lo alejó mansamente de su pesar. Una cascada de risas venía a liberarlo. Se vio joven y fuerte, intentando sus juegos; las carreras inocentes que tanta felicidad le acercaron. Las caricias primeras, y el trabajo extenuante después. Pero aún en la dureza de esas últimas imágenes, había algo que lo rescataba de las profundas sombras de ese momento.

Demasiado lejos, la libertad del campo abierto donde comenzó su vida. Demasiado lejos la casa de ahora, donde compartía miserias y una magra ración de lo que le correspondía.

Nunca sintió la noche con la impiedad de ese instante; ni en el hambre, ni en la sed, ni en la fatiga arrasadora de trajinar la ciudad sin conocer el rumbo. Ni si quiera con el mal trato que tuvo que padecer, cuando vivió unos años con aquél hombre que lo castigaba.

Las luces de los autos ya casi no se veían, sólo percibía su ruido estrepitoso cuando pasaban cerca de la barranca donde él había caído.

Con seguridad, su gente esperaba verlo llegar. Pero él ya no podría escuchar, las risas alborotadas que salían habitualmente a su encuentro. Ninguna mano presurosa para revolver dentro del carro, y buscar entre los cartones algo que pueda parecerse a un juguete, o una ropa todavía en condiciones de ser usada, o una revista vieja con sus páginas de mentiras, acercando esas vidas lejanas, que tal vez no existan.

Pudo reconocer entre las múltiples sensaciones de ese momento, el hambre que lo acompañaba casi cotidianamente. Pero el dolor imponía su espanto.

A pesar de que las fuerzas lo habían abandonado, cada vez que un auto se aproximaba intentaba un nuevo gemido de auxilio.

Atrás, la ciudad inclemente vomitaba su miseria. La noche acercaba su furia de sombras, y él continuaba a orillas del camino.

Cuando las luces del amanecer revelaron los contornos de su realidad, ya no tuvo esperanzas. Cerca, muy cerca, reconoció el cuerpo inerte de su pequeño amo.

Beatriz Fernández Vila

PRESENTACION ANTOLOGIA


El 9 de septiembre se realizó la presentación de la antología “Los vuelos del tintero” de la selección que anualmente realiza la editorial DUNKEN. Estuve presente, para recibir mi diploma de participación y el libro que gentilmente la editorial nos ofrece.

En reiteradas ocasiones les he expresado mi agradecimiento, por la labor que realizan abriendo las puertas de la editorial a tantos autores que como yo, no han tenido oportunidad de publicar su propio libro. Pero me parece oportuno volcar mi agradecimiento aquí, para divulgarlo y que otros autores se acerquen.

En estos momentos que el negocio editorial se maneja a través del marketing, publicando solamente temáticas vendibles; la posibilidad, el trabajo, y el tiempo que DUNKEN pone a disposición de los autores, sin costo para ninguno de los que participan, es encomiable.